2009/11/12

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  • A mí que me excomulguen
  • Blog de Rafael Simancas, 2009-11-12 # Rafael Simancas
El obispo Martínez Camino, portavoz de la Conferencia Episcopal, ha amenazado de “herejía” y “excomunión” a todos los diputados que se atrevan a respaldar la ley que despenaliza la interrupción voluntaria del embarazo. Conmigo pueden ir adelantando trabajo. Ya les anuncio: votaré sí. Que me excomulguen.

Las reacciones a la amenaza eclesial han variado en el Congreso desde la vergüenza ajena hasta la justa indignación y la rechufla carcajeante. Personalmente he pasado del sudor frío al alivio. Mantengo la terrible convicción de que si viviéramos algunos siglos atrás, este señor y sus jefes estarían preparándonos el auto de fe y la hoguera en la Plaza Mayor. Me río lo justo.

Ningún diputado cambiará el sentido de su voto a causa de esta presión burda. Logrará, todo lo más, sonrojar a las personas que honestamente profesan una creencia religiosa. Pero no podemos quedarnos ahí. Se trata de una amenaza intolerable hacia los legítimos representantes de la ciudadanía y sus autores merecen una denuncia contundente.

¿Por qué se caracteriza la actual cúpula de los obispos? Actúan como si España fuera aún un Estado confesional, como si no hubiera muerto el dictador que paseaban bajo palio, como si no hubiera llegado la democracia y la Constitución, como si las leyes tuvieran que promulgarse conforme a sus dogmas religiosos y morales, como si fueran los ayatolás de occidente.

Actúan conforme a una moral cínica, porque condenan al diputado que defiende el derecho de la mujer a decidir sobre su maternidad, mientras cierran los ojos ante los gobernantes que nos llevaron a la guerra de Irak, ante los regímenes que mantienen la pena de muerte, ante las naciones que reducen la ayuda al desarrollo con mil millones de hambrientos en el mundo, incluso ante sus propios colegas que abusan de los niños en los cuartos oscuros de las sacristías.

Los embarazos no deseados son un problema grave para los jóvenes y sus familias. Los abortos constituyen a la vez un drama personal y un fracaso colectivo. Y cuando la sociedad y sus instituciones reaccionan ofreciendo prevención, ayuda, opciones, seguridad y derechos a las mujeres que sufren esta situación, los obispos se limitan a hablar de pecado mortal, a señalar a la víctima con sus dedos acusadores, a amenazar con el infierno a quien ose ayudarlas… Las quieren en la cárcel. Y no lo vamos a permitir. Aunque nos excomulguen.

Lo que más me duele es pensar que a estos nuevos inquisidores los mantenemos con nuestros impuestos.

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