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2009/02/04

> Erreportajea: Frankismoa > LOS NIÑOS ROBADOS... ¿DE GIPUZKOA?

  • Los niños robados... ¿de Gipuzkoa?
  • Noticias de Gipuzkoa, 2009-02-04
“En España, según se desprende de los documentos aportados y de los estudios realizados, podría haberse desarrollado un sistema de desaparición de menores hijos de madres republicanas (muertas, presas, ejecutadas, exiliadas o simplemente desaparecidas) a lo largo de varios años, entre 1937 y 1950, bajo la cobertura de una aparente legalidad, al contrario de lo que décadas después ocurriría en Argentina, pero, precisamente por ello, con unos efectos más perdurables en el tiempo y más difíciles de detectar y hacer que cesen". Con estas palabras abordó Baltasar Garzón el tema de los niños robados del franquismo en el auto con el que, hace un par de meses, se inhibió en favor de los juzgados territoriales en relación a la investigación sobre la Guerra Civil y los desaparecidos.

En ese texto, el magistrado de la Audiencia Nacional explica que, al menos aparentemente, "los métodos de desaparición legalizada se institucionalizaron gracias al sistema de impunidad impuesto por quienes lo diseñaron y al miedo desarrollado en las víctimas", conscientes de la práctica inutilidad de su acción. "Tuvo un claro carácter sistemático, preconcebido y desarrollado con verdadera voluntad criminal para que las familias de esos niños, a las que no se les consideraba idóneas para tenerlos porque no encajaban en el nuevo régimen, no volvieran a tener contacto con ellos", asegura Garzón.

60 años después, aquellos niños sin nombre a los que les fue sustraída la identidad continúan sin una reparación histórica y judicial. Algunos, incluso, no saben siquiera que son parte de esa tragedia. Porque la suya ha sido una causa olvidada durante décadas. Han sido víctimas del silencio, del miedo, de la vergüenza y, sobre todo, del desconocimiento. Hasta el auto de Garzón, pocas habían sido las alusiones directas al tema. Y menos aún, las menciones a posibles casos en Gipuzkoa. De hecho, aún hoy en día no hay confirmación oficial de que eso ocurriera en este territorio. Pero, ¿ocurrió?

Primeras pistas: Alusiones a Saturraran
Hace cuatro años, los periodistas catalanes Montse Armengou y Ricard Belis, junto con el historiador de la misma comunidad Ricard Vinyes, ofrecieron uno de los acercamientos más esclarecedores a toda esa realidad oculta: Los niños robados del franquismo . Publicado en una versión más amplia en formato impreso y editado de manera más reducida para su emisión como documental de televisión, este trabajo rescata de ese pasado testimonios de varios de aquellos niños y sus madres. Y entre esos recuerdos aparece, atribuida a una presa asturiana de la cárcel de Saturraran, Concepción Vázquez del Río, una de las escasas referencias a Gipuzkoa. En ella se explica que, en una ocasión, las monjas hicieron salir a las madres reclusas al patio sin sus hijos, bajo el argumento de que éstos tenían que pasar un reconocimiento. A la vuelta, esos niños, cerca de un centenar, y siempre según la cita recogida en el mencionado trabajo, ya no estaban.

Fuera de esa alusión, es complicado encontrar pruebas que confirmen que en Gipuzkoa también se robaron niños. "No hay nada. Hay varios testimonios sobre la cárcel y su historia, pero nada que corrobore los robos", reconoce el mutrikuarra Xabier Basterretxea, autor de una amplia investigación sobre la historia de la prisión. "Más allá de indicios, nunca he escuchado nada que corrobore la existencia segura de casos aquí", agrega al mismo respecto el historiador de Aranzadi Iñaki Egaña.

Pese a ello, sí existen algunas alusiones que pueden llevar a pensar en esa posibilidad. Precisamente en declaraciones recogidas por la Sociedad de Ciencias Aranzadi, la asturiana afincada en Mutriku Sagrario Merodio apunta al posible robo de uno de los niños que vivían presos en Saturraran, donde ella permaneció cerca de seis años. "Dos hermanas asturianas avisaron a las monjas de que una tercera iba a tener un niño, y la llevaron a la enfermería para que diera a luz. Después, le dijeron que el hijo se había muerto. Y ellas decían ¡Pero si no estaba muerto! ", recuerda Sagrario, que responde con un "puede ser" cuando se le pregunta si ese niño pudo ser destinado a una familia ajena a la suya. "No sé si sucedió más veces o no, pero ese caso sí pasó", asegura.

Separación de los hijos: Las escenas más duras
Su hermana Carmen, presa en la misma cárcel durante un periodo de tiempo similar, se expresa en un sentido parecido. "Maltrataron a muchas. Tener a una madre con un hijo y que se lo quiten... es lo peor que hay", señala. Ahora bien, su testimonio no parece relacionado tan directamente con el robo de niños, sino con el hecho de que éstos tenían que separarse forzosamente de sus madres a la edad de tres años. Porque eso era lo que estipulaban las normas. Y entonces se producían escenas "dolorosísimas", con madres destrozadas por el adiós de sus chiquillos. "Se tenían que ir a la calle. Y sus familias se los iban llevando pero, la que no sabía dónde estaba la familia...", relata, mientras recuerda cómo muchos de esos menores sin familiares que se hicieran cargo de ellos fueron acogidos, hasta la salida de sus madres, por vecinos de Ondarroa y Mutriku.

La sospecha de los robos permanece en el aire, pero sin confirmación. Al contrario, a veces la búsqueda de esa confirmación lleva a más dudas. Porque, si el testimonio de unas reclusas hace pensar que sí hubo algún robo, el de otras invita a creer lo contrario. "Al menos yo no tengo constancia de que allí desaparecieran niños", afirma en ese sentido, y en declaraciones a este periódico, Carme Riera, natural de Girona y, a sus 94 años, una de las pocas mujeres vivas de cuantas estuvieron en Saturraran entre 1938 y 1944. Por todo ello, la incógnita sobre si se robaron niños en Gipuzkoa sigue abierta, y seguirá, probablemente, durante muchos años.

En manos de la justicia: Delitos sin prescribir
En el resto del Estado, no obstante, la duda parece ya inexistente, especialmente tras el auto de Garzón. Ahora, dice el juez en su texto, corresponde al Poder Judicial la obligación de investigar el alcance delictivo de los hechos que, por su carácter permanente y contextualizados como crímenes contra la humanidad, no están prescritos ni amnistiados. Olvidar esta realidad por más tiempo y poner trabas a la investigación, considera, sería "tanto como contribuir a la perpetuación de los efectos del delito y ello, además de injusto, sería cruel para las víctimas y contrario a los más elementales derechos humanos de toda la sociedad española y de la comunidad internacional".

Lakua afirma que haría "lo posible" por apoyar las posibles demandas
Hasta la fecha no se ha recibido ninguna solicitud de investigación de robo de niños en Euskadi

Hace seis años, el Gobierno Vasco y la Sociedad de Ciencias Aranzadi firmaron un convenio para investigar lo sucedido con los desaparecidos y fusilados de la Guerra Civil y los primeros años del franquismo en Euskadi. Un acuerdo que, hasta ahora, y entre otras cosas, ha permitido responder a medio millar de solicitudes de particulares, en su mayor parte, orientadas al esclarecimiento de lo sucedido con algún familiar. Se ha trabajado para saber lo que ocurrió con cada uno, para localizar y abrir fosas con restos, y para investigar diferentes archivos documentales. Hasta ahora, sin embargo, ninguna de las denuncias planteadas ha tenido que ver con el capítulo de los niños robados.

"No hay constancia concreta de casos. Las demandas en ese ámbito vienen dentro del conjunto de reivindicaciones en materia de memoria que exigen -sin individualizar a ese nivel- que se aclaren las violaciones de Derechos Humanos que se cometieron durante y después de la Guerra Civil, y justicia y reparación para las transgresiones", asegura, en declaraciones a este periódico, el Departamento de Justicia del Gobierno Vasco.

Eso sí, afirma que, de tener constancia de alguna demanda relacionada con ese episodio histórico, trataría de ayudar al esclarecimiento de la misma. "Si hubiera demandas de apoyo para una causa de este tipo se haría lo posible por apoyarla: habría, sin embargo, que estudiar hasta dónde cabe una implicación jurídica precisa a la luz del caso y, de cualquier manera, habría un apoyo político para exigir Verdad, Justicia y Reparación", insiste.

En opinión de la consejería, la iniciativa para impulsar esta materia "debería haber partido de los tribunales de oficio y del marco de la Ley de Memoria que, sin embargo, no entró a estos temas apartando de los tres pilares la Justicia y la Reparación". "Debemos adherirnos a cualquier iniciativa judicial que se quiera llevar a cabo en el ámbito de los juzgados provinciales. Toda iniciativa a favor de buscar justicia, aunque llegue tarde, debe apoyarse", reitera, en cualquier caso, el departamento.

No obstante, considera "muy improbable" que, con el antecedente de la Audiencia Nacional (en referencia al rechazo de la Fiscalía a la competencia de Garzón y al propio auto de inhibición del magistrado), vaya a haber iniciativas. Y menos aún, añade, que vaya a prosperar la vía judicial y la penal.

Por este motivo, insiste en la necesidad de que se habiliten comisiones de la verdad, "en la línea del mandato del Parlamento Vasco". "Hay que tener en cuenta que estamos ante crímenes de guerra y de lesa humanidad que no pueden ser tratados como ordinarios. Necesitan mecanismos especiales de justicia transicional que, en su momento, no se quisieron poner en marcha", concluye la consejería.

2009/02/03

> Erreportajea: Frankismoa > DESTINO, EL INFIERNO

  • Destino, el infierno
  • Un total de 120 mujeres y 57 niños perdieron la vida en la prisión de Saturraran
  • Noticias de Gipuzkoa, 2009-02-03 # Miguel Cifuentes
“No tengo ni idea del trayecto que hicimos. Sólo sé que salimos de Barcelona, que llegamos a Saturraran y que tardamos día y medio. Íbamos en un vagón con la Guardia Civil. 32 mujeres con sus 32 hijos. Nos dieron dos latas de sardinas, un trozo de pan y unas alpargatas. A los niños, nada. El viaje fue terrible", relata Carme Riera. A sus 94 años, esta gerundense recuerda con más lucidez de la que le gustaría aquel desplazamiento en tren. Era el 15 de junio de 1940. El régimen franquista había dado orden de trasladar a varias madres a la cárcel de Mutriku, abierta dos años y medio antes y exclusiva para mujeres. Carme, que hasta ese momento había estado encerrada en una prisión de la capital catalana, viajaba con su única hija, Aurora, de nueve meses. Poco después, la pequeña falleció entre rejas. Y también la mayor parte de los otros 31 niños que llegaron en su mismo tren. Ellos fueron algunas de las 177 vidas que se cobró la cárcel en sus seis años de apertura. Con el tiempo, el vagón en el que viajaban pasó a ser tristemente conocido como el de la Expedición de Saturraran.

Desde la casa de una sobrina en la que pasa largas temporadas en Tenerife, Carme atiende la llamada de este periódico sin reparos. Sin problemas. Sin trabas. Sabe que la única manera de reparar las injusticias, al menos en parte, y de evitar que se repitan es no dejando que mueran en el olvido. Nadie le va a devolver a su hija y nadie le va a devolver la vida que le robaron. "Vegeté el día que murió mi niña, aquello me dejó sin vida", reconoce. Pero se niega a que, además, tal atrocidad tenga que ser callada. "¡Ya era hora de que os acordarais!", dijo la primera vez que le llamó un periodista, hace cinco años, para preguntarle por su historia.

Porque la suya es una de esas historias que deben ser conocidas. Es la suya y la de miles de mujeres. Madres, hermanas, esposas y parejas de hombres catalogados como rojos o milicianos y que, sólo por ello, pagaron con la cárcel, con los campos de concentración, con la separación de sus hijos, con el desprecio de la sociedad triunfante, con la humillación y, también, con la muerte. Y muchas de esas historias discurrieron en Saturraran. En Mutriku. En Gipuzkoa.

Acondicionada en las instalaciones del antiguo Hotel Saturraran, que por aquella época funcionaba como Seminario de Menores tras el cierre en 1928 del centro de Andoain, la prisión fue abierta el 29 de diciembre de 1939 para acoger a cientos de mujeres detenidas en el frente de Asturias y que, en aquel momento, se encontraban recluidas en cárceles locales y en la penitenciaría de Gijón. Entre sus paredes vivieron cerca de 4.000 mujeres, lo que la convirtió en una de las prisiones de mujeres más importantes del franquismo. De hecho, según la investigación realizada por la sociedad Aranzadi, en 1943, un año antes de su cierre, aún contaba con una población de 1.050 prisioneras, la mitad de las que había en el Estado.

Celdas de castigo: Agujeros bajo el río
La cárcel constaba de cuatro pabellones, una buhardilla, una capilla, una enfermería y una cocina. Fuera del edificio central, además, varias celdas de castigo situadas en unos agujeros abiertos bajo un riachuelo que atravesaba las instalaciones sembraban la psicosis en las internas ya que, dada su ubicación y teniendo en cuenta que las penas podían durar un mes, el riesgo de desarrollar allí la tuberculosis y, con ella, morir, era considerable. Era, desde luego, un miedo justificado.

Porque la muerte no fue ajena a la prisión mutrikuarra. Entre 1938 y 1944, un total de 120 mujeres y 57 niños perdieron la vida, muchos de ellos tras la epidemia de tifus contraída por las internas después de comer las manzanas que bajaban del riachuelo. Y muchos pequeños, también, por tuberculosis, raquitismo, meningitis y colitis.

Una de aquellas vidas perdidas fue la de Aurora Gallegos Riera, la hija de Carme. "Me pusieron en una habitación con mi niña, ya muerta, y me dieron un saco para que lo metiera debajo de la puerta y no entraran las ratas. Pasé toda la noche sentada sobre mis rodillas, ni siquiera tenía una silla. Y algunas monjas decían 'Ay, que alegría, un angelito que va al cielo'. Malditas sean", se lamenta esta catalana, a la que aún le tiembla la voz al recordarlo.

El recuerdo es tan nítido como cruel. Aquellos fueron, probablemente, los días más duros de la prisión. "Murieron más de 30 niños en dos semanas. Se ponían enfermos, les salían unas manchas azuladas por el cuerpo y era cuestión de horas que fallecieran. Caían como chinches, dos y tres niños muertos cada día. Y no sabíamos por qué", señala Carme, que denuncia la dureza a la que les sometían a ellas y a los pequeños en la prisión. "Al principio nos dieron una pastilla de jabón, pero luego nos la quitaron y no podíamos lavar la ropa. Y también nos quitaron el pan que nos daban para los niños. Y se agotaron las papillas. Estuvimos durante quince días con pan para almorzar y una taza de café para comer y cenar. Las monjas lo vendían todo", asegura.

Las monjas: "Hábito blanco, corazón negro"
Es su relato, pero también el de las demás presas de Saturraran que han tenido oportunidad de transmitir aquel infierno que conocieron a orillas del Cantábrico. "Había de todo, pero algunas monjas eran muy malas. Yo le decía a mi madre: 'Mamá, tienen el hábito blanco, pero el corazón más negro que el carbón'. Aquella bruja -en referencia a una de las religiosas- les quitó a las madres lo primordial, la leche que alimentaba a sus hijos. Se iban poniendo malitos e iban cogiendo diarreas. Igual salían en un día cinco cajas de niños, y también muchas mujeres", comenta Carmen Merodio, en el testimonio que ofreció en octubre de 2004 a la Sociedad de Ciencias Aranzadi. Según explica en esa grabación, los muertos de la cárcel eran enterrados "todos juntos, en una misma fosa" (eran sacados en un carro de bueyes y arrojados a una fosa común del cementerio de Mutriku).

Carmen fue la primera Merodio en entrar a Saturraran, pero no la única. Cuando llevaba allí tres meses, vio cómo internaban también a su hermana Sagrario. Tras ser sentenciada a pena de muerte por un juez conocido como la metralleta (debido a la facilidad con que ordenaba ese tipo de penas), que consideró suficiente motivo para ello el hecho de ser hermana de rojo, Sagrario entró en Saturraran. "Sabía que allí me iba a encontrar con mi hermana. Era la única cosa buena", recuerda, también en el testimonio recogido por Aranzadi.

Entre otras maldades, Sagrario cuenta cómo el médico no atendía a las enfermas, algunas de las cuales morían; cómo la madre superiora -a la que llamaban Sor Veneno - les quitaba la correspondencia si no gritaban Arriba España, Viva Franco ; y cómo las madres lloraban durante días cuando sus hijos debían abandonar la prisión por haber cumplido ya tres años.

"Lo cuento cada vez que me preguntan. ¿Por qué no? ¡Las canalladas que nos han hecho!", asegura con firmeza. "Si no se dicen estas cosas y no se escribe sobre ello, volverán a pasar otra vez", coincide su hermana Carmen. Ambas estuvieron cerca de seis años en Mutriku. Al salir, Carmen primero y Sagrario algo más tarde, rehicieron su vida en la zona. Carmen se casó con un vecino de Mutriku. Sagrario comenzó una nueva etapa con otra persona tras comprobar que su marido estaba también con otra mujer.

Vida truncada: Apagada hasta morir
Ellas dos, más o menos, pudieron levantar el vuelo. Todo lo contrario que Carme Riera. Se había casado con su marido, un sindicalista de la CNT, en la cárcel Modelo de Barcelona un día antes de que él fuera fusilado. A su salida de la cárcel, destrozada por la pérdida de su niña y humillada por cuanto había padecido, decidió no volver a empezar una relación sentimental ni tener más descendencia.

Ha dedicado su vida a estar con su familia y ayudar a los hijos de su hermana. Ahora, desde la casa de una de esas sobrinas, revive una vez más aquel momento en el que otros le arrancaron la vida que había escogido vivir. Ser la amante de un rojo fue demasiado para ella y para su hija. 70 años después, Carme lamenta tener que recordar cada día su desgracia. 70 años después, miles de mujeres siguen sufriendo las consecuencias de una vida borrada.