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2009/10/23

> Artikulua: Ariel Alvarez > CURARSE EN SALUD

  • Curarse en salud
  • Mientras exista la obligación de asumirse como persona enferma para acceder a los derechos elementales, la marginación seguirá siendo una constante para las personas trans. Hoy por hoy, “el estar atrapado en un cuerpo equivocado” son las palabras que médicos, funcionarios y jueces quieren escuchar para permitir, por ejemplo, un cambio de nombre. Argentina forma parte de una campaña internacional que exige retirar a la transexualidad de los catálogos de enfermedades. Soy presenció el debate que se realizó en la Legislatura porteña y recogió los testimonios que dan cuenta de la vida cotidiana de un hombre y una mujer trans en este mundo tan pero tan sano.
  • Página 12, Soy, 2009-10-23 # Ariel Alvarez
”La transfobia nos enferma.” Con esta frase finaliza el Manifiesto de Stop Trans Pathologization 2012, la campaña internacional por la despatologización de las identidades trans y su retirada de los catálogos internacionales de enfermedades. Siguiendo con esta iniciativa, el pasado 17 de octubre, en más de 35 ciudades del mundo se llevaron a cabo numerosos actos. La Argentina se sumó al proyecto a través de la charla debate “Otro mundo es posible. Para terminar con la patologización de la transexualidad”, que se realizó en la Legislatura porteña, en donde además se debatió sobre la situación por la que atraviesan lxs ciudadanxs trans, que deben asumirse como enfermxs para acceder a sus derechos.

El panel estuvo integrado por Diana Maffía (legisladora de la Ciudad de Buenos Aires), Marlene Wayar (directora de Futuro Transgenérico y de la revista El Teje), Irene Meler (psicoanalista, coordinadora del Foro Psicoanálisis y Género) y Alfredo Grande (director honorario de Atico).

Lohana Berkins (coordinadora general de Alitt, Asociación de Lucha por la Identidad Travesti Transexual), abrió el debate: “Dicen que la sociedad cambió, o que está cambiando; yo no lo creo. Lxs que cambiamos somos nosotrxs y empezamos a cuestionar, a debatir, a dudar de los discursos de control que nos tratan de enfermxs”.

La enfermedad imaginaria
En la actualidad, la transexualidad es considerada como un “trastorno de identidad sexual o de género”. Esta clasificación figura en el DSM-IV (Manual Diagnóstico y Estadístico de Enfermedades Mentales de la Asociación de Psiquiatría Norteamericana) y en el CIE-10 (Clasificación Internacional de Enfermedades de la Organización Mundial de la Salud). La versión revisada de estos catálogos aparecerá en 2012 y 2014, respectivamente. Dichos documentos son los que guían a los psiquiatras y médicos de todo el mundo en el momento de establecer sus diagnósticos. La principal acción que la campaña STP-2012 viene realizando desde el año 2007 es que se retire el estatuto de patología mental a la transexualidad, junto a otras medidas revolucionarias, como que se elimine la identificación de sexo en los documentos de identidad.

Al tratar como trastorno a la transexualidad, el Estado, a través de las instituciones médicas, ejerce el control sobre las identidades de género. La práctica de dicho control responde a intereses religiosos, económicos y políticos. Este fue uno de los puntos clave del encuentro realizado en la Legislatura porteña.

La legisladora Diana Maffía lleva varios años trabajando sobre el tema de las sexualidades alternativas, y es autora del libro Sexualidades migrantes. Género y transgénero (2003, editorial Feminaria): “La cuestión central es pensar políticas que se dediquen a resolver las cuestiones de todas las personas y que no sólo queden enmarcadas en el ámbito de lo judicial. Cuando el Estado te patologiza, te saca tu autonomía y los que deciden qué se hace con tu persona son el médico, el psiquiatra, el juez. Por ejemplo, la ley de ejercicio de la medicina no admite las intervenciones ‘irreversibles y mutilantes’, sobre todo cuando afecta a los órganos reproductivos; es decir, el Estado está velando únicamente por la reproducción, por eso es tan difícil que una persona pueda hacerse una intervención. Se hace sólo cuando hay un fallo judicial. De todas formas, no necesariamente tenés que atravesar un cambio de sexo para que tu identidad sea concedida”.

Por lo que sí tiene que atravesar una persona transexual es por la humillación de someterse a pericias psiquiátricas denigrantes, ya que la única alternativa parece ser asumir una sensación de disconformidad con el propio cuerpo. “La medicina es una disciplina de control y tenemos que discutir los mitos fundantes de esta sociedad, el de la heteronormativa que nos pone a nosotrxs dentro de las perversiones y la enfermedad. ¿Quién lo decide? ¿Una iglesia? ¿Una dictadura? Una sociedad entera que mata, discrimina, tortura, destruye, nos trata de enfermas a nosotrxs, pero, ¿quién puede establecer qué es la normalidad? No tenemos que aceptar el control del Estado y la sociedad a través de la medicina”, dice Lohana Berkins, y agrega que “para este encuentro convocamos a diferentes psicólogos y especialistas con el fin de hacer escuchar nuestras realidades y nuestra voz”.

Marlene Wayar completa: “Está la ciencia y su realidad de que hay un cuerpo macho y un cuerpo hembra. Eso es mentira. También están los niños intersex, por ejemplo, que nos demuestran que hay una naturaleza ambigua y esto vuelve mucho más cruento el proceso de ‘normalización’, ya que no son sujetos que den su consentimiento para semejante cosa. En muchos casos, el proceso los deja legitimados, pero sin opción a poder vivir en plenitud”.

Cuando la medicina y el Estado definen la transexualidad como un trastorno, están poniendo en evidencia que la diversidad de identidades en realidad trastorna su sistema. Diagnósticos como disforia sexual (aquello del cuerpo de mujer atrapado en un cuerpo de hombre o viceversa) evidencian el miedo a que se desarticule el orden vigente. Estamos hablando de transfobia y ésta es la verdadera enfermedad: “Este es un sistema que produce sujetos enfermos. Podemos decir que nuestra sexualidad no está patologizada, pero sí estamos enfermas de soledad, de no poder construir proyectos a futuro, de no poder decidir sobre nuestras vidas y nuestros cuerpos”.

La transfobia tiene cura
Cuando la OMS dejó de considerar la homosexualidad como una enfermedad en 1990, se constituyó un precedente histórico. Pero la remoción de términos médicos y psiquiátricos que definen las identidades sexuales como patológicas no ha sido completa. Dice Lohana: “Yo fui muy crítica de los países donde se celebró que se retirara la condición de enfermedad a la homosexualidad, ya que faltábamos nosotrxs. Empezamos a entender que en cuanto a la agenda de gays y lesbianas hay un desfasaje”.

Por su parte, Maffía expuso su posición acerca del rol del Estado: “Cuando en los ‘90 se hace el reconocimiento explícito de la homosexualidad como una elección y no como una perversión, fue algo que tuvo que ver con el modo en el que avanza la sociedad, con cierta tolerancia hacia la apropiación que cada uno hace de su libertad personal. Pero en la sociedad todavía hay voces que dicen: ‘Pero si les sacás lo patológico, no los podés curar’, y es que no hay nada que curar. En todo caso lo que hay que curar es la homofobia y la transfobia. Una sociedad no se hace simplemente tolerante, es algo por lo que todavía hay que trabajar mucho. Todavía existe una realidad hegemónica que hace vulnerables a las personas. Hay que pensar en un marco de derechos humanos y si lo pensás así las soluciones son nuevas políticas públicas. Toda la población debe ser educada en una sexualidad más amplia. Hay que liberar los márgenes de expresión sexual de cada persona y empezar a entender que la expresión de género no se vincula con la genitalidad de los cuerpos”.

Ciento por ciento trans
“Tenemos que dejar de aceptar lo del cuerpo equivocado. Yo no nací en un cuerpo equivocado”, declara Lohana Berkins, marcando así otro punto clave en este debate: la aceptación que algunas ciudadanxs transexuales hacen de las reglas dominantes, lo cual conlleva asumir que para acceder a determinadas políticas públicas tienen que aceptarse como enfermxs o anormales. “Una cuestión importante es concientizar a lxs compañerxs, porque históricamente han aceptado la disforia de género para que se realice el tratamiento. Queremos discutir con activistas y no activistas para que no acepten una enfermedad a cambio de un derecho. Tenemos que trabajar con las compañeras que asumen esa situación.” Al igual que Lohana, Marlene también encuentra en este punto una responsabilidad de la militancia. “Esto que nos sojuzga no podemos reafirmarlo en nosotras mismas. Tenemos que quitarnos al enemigo que tenemos dentro. Es desde ahí desde donde tenemos que hacer la revolución para poder enfrentar el afuera. El cambio de sexo tiene que ver con la potestad de lo académico que se yergue como despótica y que te dice que una mujer no puede ser sin vagina. Pero tenés que pagar un precio muy alto: convertir nuestro sexo en una zona cercana a la muerte. Si alguien quiere transexualizarse está en su derecho, y el Estado tendría que brindar las formas posibles. También estamos las que decidimos no hacerlo. No quiero imponer el ‘no te intervengas quirúrgicamente’, no es mi objetivo, pero me parece que hay que plantearlo. Hay allí un tema a trabajar y que tiene que ver con el enemigo interno que nos dice ‘que estamos mal’ y que tenemos que ser hombres y mujeres ‘puros’ y perfectos. Yo soy ciento por ciento trans y en mi transexualidad soy pura y perfecta.”

2009/10/09

> Berria: Politika > FREDERIC MITTERRAND, TURISMO SEXUAL ES CULTURA

  • Turismo sexual es cultura
  • Un ministro de Sarkozy, bajo fuego por contar sus aventuras. En un libro, Frédéric Mitterrand reconoce que siempre se sintió atraído por el turismo sexual y describe escenas alucinantes en Tailandia e Indonesia, esos lugares donde el sexo con jóvenes atractivos se vende al mejor postor.
  • Página 12, 2009-10-09 # Eduardo Febbro . París
El ministro de uno de los portafolios más emblemáticos de la identidad francesa, el de Cultura, atraviesa una tormentosa zona con dos sectores políticos dispares, los socialistas y la extrema derecha, que piden su renuncia a raíz de las confesiones que el ministro en cuestión, Frédéric Mitterrand, publicó en un libro autobiográfico en el que admite haber recurrido al “turismo sexual”. La obra, La mala vida, fue publicada hace unos años y ahora su contenido, por demás explícito, vuelve al presente de Frédéric Mitterrand tres meses después de haber asumido su cargo. En La mala vida, el sobrino del ex presidente socialista François Mitterrand habla de su infancia herida, de su homosexualidad, reconoce que siempre se sintió atraído por el turismo sexual y describe escenas alucinantes en Tailandia e Indonesia, esos lugares donde el sexo con jóvenes atractivos se vende al mejor postor.

“La profusión de muchachos jóvenes muy atractivos e inmediatamente disponibles me pone en un estado de deseo que no me hace falta frenar ni ocultar. El dinero, el sexo, estoy en el corazón de mi sistema, ese que funciona, al fin, porque sé que no me van a rechazar”, escribe Mitterrand antes de admitir que tiene el hábito de “pagar por jóvenes” y que todo “ese ritual de mercado de efebos, de mercado de la esclavitud, me excita enormemente”. Cuando el libro apareció en 2005 –se vendieron casi 200 mil ejemplares–, pocos objetaron su contenido comprometedor. El escándalo se destapó con la denuncia que hizo el lunes pasado la vicepresidenta del partido de extrema derecha Frente Nacional, Marine Le Pen, quien leyó extractos del libro ante las cámaras de televisión y pidió luego la renuncia del ministro. A los reclamos de la extrema derecha se sumaron el miércoles los socialistas por medio de su portavoz, Benoît Hamon, quien exigió también el alejamiento de la cartera de Cultura de Frédéric Mitterrand.

El escándalo es más embarazoso porque, primero, Francia es uno de los países líderes en la lucha contra el turismo sexual. En segundo lugar porque esta historia se mezcla con otra más reciente y de dudosa calificación. El ministro francés de Cultura fue uno de los primeros integrantes de esa jauría internacional de intelectuales y artistas bien pensantes que, bajo el pretexto de que el cineasta franco-polaco Roman Polanski era un artista, salieron en defensa del director inmediatamente después de que éste fue detenido en Suiza a pedido de la Justicia norteamericana, que reactivó un pedido de captura por un caso de relación sexual con una menor de 13 años que remontaba a los años ’70. La defensa a ultranza de Roman Polanski que hizo el ministro de Cultura –Mitterrand juzgó que su arresto era “absolutamente espantoso”– desató la primera polémica. La segunda la dispararon los afilados dientes de la extrema derecha y todo terminó formando un torbellino de indecencias e intenciones políticas evidentes.

Por un lado Suiza, que deja entrar a su territorio a cuanto corrupto, ladrón, dictador o traficante de armas con mandato de arresto internacional llega a la frontera, pero que termina usando a Polanski para lavar sus cuantiosas deudas con la moral internacional. Por el otro, un ministro de Cultura que se une a la coalición internacional de excitados en defensa de un cineasta acusado de pedofilia como si la genialidad como artista supusiera una inocencia innata. Luego está el oportunismo de la ultraderecha, que lee en la televisión pasajes de un libro que, en el momento de su publicación, nadie juzgó inmoral o escandaloso, a pesar de que describe sin rodeos el submundo del turismo sexual en Tailandia.

Anoche, el ministro de Cultura se explicó en la televisión. Frédéric Mitterrand aseguró que no iba a renunciar a su cargo y negó que su libro fuera “una apología del turismo sexual o de la pedofilia”. El titular de la cartera agregó que condenaba “absolutamente el turismo sexual, que es una vergüenza, y la pedofilia, que jamás he practicado”. Mitterrand aclaró que siempre estuvo con gente de su edad y admitió que había “cometido un error, sin dudas, un crimen no, una falta, ni siquiera”. El responsable de la cartera de Cultura terminó denunciando la confusión entre los géneros: “Sí, tuve relaciones con muchachos; pero no hay que confundir homosexualidad y pedofilia”, dijo. El Ejecutivo francés salió en defensa de Frédéric Mitterrand. Henri Guaino, consejero especial de Nicolas Sarkozy, estimó que la polémica desatada en torno del libro era “indigna”.

2009/07/31

> Berria: In memoriam > MERCI MERCE: EL MAS GRANDE COREOGRAFO VIVO DEL MUNDO HA MUERTO

  • Merci Merce: El más grande coreógrafo vivo del mundo ha muerto
  • Página 12, Soy, 2009-07-31
Le gustaba contar la anécdota de un gran bailarín de tap que cuando se cruzaba con un colega, en vez de saludar, preguntaba: “¿Tenés algún paso nuevo?” Le gustaba, porque esa era su pregunta existencial y la que lo convirtió en “el más grande coreógrafo vivo del siglo”, como se lo catalogó en cuanto traspasó el umbral de los 80 años. Pregunta imposible de calmar con un truco, con un desplante gimnástico o con una coreografía. Ni siquiera con un paso nuevo. Formulada contra sí mismo, contra las paredes, contra los cuerpos de bailarines, contra la música, contra todo anquilosamiento o normalidad. Merce Cunningham hizo del movimiento a la danza lo que las diversas identidades sexuales le hacen a toda presuposición: dudar, fallar, azorarse ante el bello o el monstruoso resultado. Se ha dicho muchas veces que en los ensayos sus bailarines no usaban ninguna música, bailaban sin eso.

El trabajo de Cunningham, a simple vista, o mejor dicho, bajo la vista que busca el mensaje, no tenía ningún componente queer. No había duetos del mismo sexo, no había duetos. No había historias de amor ni de desencuentros, no había historias. Se declaró siempre ajeno al contenido autobiográfico o a la intención de mandar un mensaje o cambiar el mundo. No hizo eso.

Se murió Cunningham a los 90 años, mientras dormía, luego de haber estrenado su obra “Casi 90”, y a 17 años de que se fuera su otra parte en todo esto, el compositor John Cage.

La unión hace el arte
Cuando se conocieron en 1938 en la Cornish School of Seattle, donde Cage acababa de conseguir un trabajo de pianista para las clases de danza, Cage estaba casado. Luego de un ménage à trois que duró poco, se vio obligado por las circunstancias y por sus sentimientos a reconocerse a sí mismo como homosexual, en tiempos en que el expresionismo tan macho, las cazas de brujas tan implacables iban forjando el gran closet.

La potencia de estos dos artistas y la del producto que lograron juntos les dio cierto aire para circular libremente por algunos circuitos de la sociedad. La danza fue friendly siempre. Cage, siempre más cauto, cada vez que le preguntaban sobre esta relación, se limitaba a responder: “Yo cocino y él pone los platos”. En escena era más o menos así. Cage hacía la música y los bailarines de Cunningham no bailaban con ella sino con el espacio. Es célebre ya una imagen en la que se ve a Merce bailando, a John concentrado tocando el piano mientras mira por la ventana. Juntos se atrevieron a considerar artístico todo acontecimiento. Y todo acontecimiento lo fue.

2009/07/10

> Artikulua: Diego Trerotola > NUESTRA SEÑORA DE LAS FLORES

  • Nuestra Señora de las Flores
  • Página 12, Soy, 2009-07-10 # Diego Trerotola
Digno exponente de la mariconería libertaria española, José Luis Pérez Ocaña fue la flor de las Ramblas de Barcelona con sus strip-teases esperpénticos y sus militantes cambios de vestuario. En estos días se presenta el documental que lo inmortalizó, lo llevó por el mundo y lo puso como blanco de la represión en los tiempos post-Franco.

“Barcelona, soldados con largo capote vagan por la noche en las Ramblas, entre grupos de manifestantes comunistas y floristas; mariconas que tienen la edad de nuestros padres ejecutan rápidos bailes flamencos en los bares del barrio chino... ¿Pero dónde están los homosexuales en todo esto? En ningún sitio. No hay homosexuales en Barcelona; nada de discotecas, nada del código homosexual habitual”, escribía Guy Hocquenguem en 1977 en La deriva homosexual, y su impresión de la capital catalana estaba filtrada por su experiencia gay en París, donde los lugares de ambiente proliferaban para trazar un circuito, con códigos precisos y rituales calcados de conducta social. Un orden estricto que se transformaría en un modelo internacional de glamour nocturno de la comunidad Glttbi global. De ese orden se excluía a las mariconas travestidas, que supuestamente eran un vestigio de prácticas vetustas que no debían considerarse como propias de los nuevos homosexuales, pronto rebautizados gays. Barcelona, en plena transición democrática tras una dictadura franquista de más de 35 años, respiraba una vida muy particular donde la mezcla de lo marginal y lo tradicional gestaba una contracultura que se expresó sin pedir permisos, con el espíritu libertario de cierto anarquismo español que se mantuvo underground por décadas. El mismo año que Hocquenguem publica su impresión sobre Barcelona, el colectivo de activismo audiovisual Video Nou registra Actuación de Ocaña y Camilo, donde las dos personas del título hacen shows travestidos, que luego convierten en una orgía como acto político: ese video de una bacanal trans se graba en el día de la convocatoria para una marcha donde se exige la derogación de la Ley de Peligrosidad Social, legislación que reprimía toda manifestación de la diversidad sexual. Al año siguiente, Ventura Pons estrena la película Ocaña, retrato intermitente, donde Ocaña desenfunda todo su arsenal de teatralidad verbal y física, exponiendo la seducción y la ideología espontánea de la mariconería libertaria española, que se resistía a ser un modo de consumo. Hablando frontalmente sobre su amor por los muchachos, por los chongos, por los chulos, en épocas donde el silencio era aún sepulcral, Ocaña se convertía en icono de la contracultura sexual.

El puto andaluz
Nacido en 1947 bajo la misma luna andaluza de Lorca, José Luis Pérez Ocaña se crió en Cantillana, pueblo de Sevilla, mamando de niño toda la intensidad religiosa y profana de los rituales vernáculos, donde se mezclaban las procesiones de la Virgen de la Asunción con los carnavales donde su padre barquero iba travestido. Cuando el machismo de pueblo chico lo asfixió, Ocaña marchó a Barcelona, pero no dejó atrás los aires andaluces de su juventud sino que transformó los recuerdos de su tierra en experiencia desafiante a través de su pintura y sus intervenciones urbanas. A principios del ’70, en el último lustro del franquismo, Ocaña era un puto marginal, formaba parte de la fauna del under catalán, y se ganaba la vida como pintor de brocha gorda; aunque también, cuando la policía no lo reprimía, iba a pintar vestido de angelito por las ramblas catalanas y cantaba: “Ay, yo de la vida es que no entiendo ná, el cardo siempre visible y la flor siempre pisá”. Tras la muerte de Franco, en plena transición democrática, Ocaña salía travestido a hacer espectáculos gratis en los cafés públicos, y por eso se lo bautizó “La Reina de las Locas de las Ramblas”. Ocaña ya no quería ser una flor pisada por el heterosexismo, y no sólo embestía las calles cantando canciones tradicionales andaluzas, también hacía nudismo en strip-teases esperpénticos. “Cuando me disfrazo, parezco una pintura negra de Goya. Quiero dar una imagen distorsionada, farsesca”, decía, porque más que travesti, mezclaba insubordinadamente lo femenino y masculino, con mantón de manila y sombrero bombín, o con abanico, peineta y pantalón. La desobediencia indumentaria, el desborde báquico, eran su identidad, y así el punk trans explotó en 1977 en Barcelona, gracias a Ocaña y su vida lumpen como ramblera. “Anarquista, pero sin carnet”, ese año también participó en jornadas libertarias en un parque, donde terminó desnudo con las ropas desgarradas, y expuso su obra en la galería Mec-Mec, que transformó literalmente en su casa por un tiempo: su modo de vida era su mejor obra. Aunque en los antípodas del clero y de la ideología religiosa, sus cuadros, sus muñecos de papel maché y sus muebles restituían una iconografía católica, transformada en “fetiche”, de vírgenes en clave drag queens barrocas y de angelitos algo andróginos.

Alta en el cielo
La notoriedad de Ocaña llevó a Ventura Pons a convertirlo en protagonista excluyente de su ópera prima, que se presentó mundialmente en el festival de Cannes, y que fue una voz desde los márgenes. “A mí me dijo días atrás un mariquita ya mayor, que vio la película mientras lloraba sin parar, porque la historia era su historia, su vida. Y esto ha pasado también con putas viejas. En fin, yo creo que es la película de los marginados, y como en este país todos hemos estado marginados, pues, mira, creo que la gente la va entendiendo muy bien”, decía Ocaña. Antes de que la movida sea patrimonio madrileño, antes de que Almodóvar trastrocara en comedia o melodrama camp la sensibilidad diversa de las calles, Ocaña era el pope de una sensualidad libérrima. Y aunque la película lo hizo trascender de las Ramblas a la popularidad nacional, también lo convirtió en blanco de la represión. En 1978, en un bar que aparece en la película de Pons, Ocaña fue golpeado y encarcelado junto a Nazario, historietista también sevillano y adalid del under catalán, por cantar travestidos en la calle. Las pioneras organizaciones Glttbi de Barcelona hicieron una de sus primeros actos públicos pidiendo la liberación de Ocaña y Nazario, sosteniendo que era una “represión selectiva”, a los gays “que se salen de los bares y zonas que el sistema tolera” porque son “un rentable negocio”. Cuando Ocaña fue liberado, dijo: “He dejado en la cárcel cinco novios... Y muchos amigos. ¡Qué cosas se ven... y se tocan! Para levantarles el ánimo les pinté varias andaluzas que llevan mantón y abanico”. Luego Ocaña convirtió esa represión en obra, en una tetralogía que retrata la violencia policial contra él y Nazario en cuatro cuadros como viñetas de un comic de denuncia, como distintas fases de un vía crucis marica. Ocaña no mermaba, no había rejas que callen su grito de artista homoerótico. Y así, mártir de su propio arte, murió joven en su pueblo natal, donde volvió para participar de la fiesta de la Virgen de la Asunción en 1983: en una procesión se vistió con un traje de papel para sostener un sol de bengalas que terminó incendiando su disfraz, su cuerpo. Fue astro rey, mariposa luminosa, pero el fuego le truncó su vuelo de Icaro: sobrevivió a las quemaduras apenas unos días. “Quiero que cuando me muera me hagan un gran entierro, y que mi féretro sea llevado a hombros por un cortejo de griegos desnudos y, a ser posible, empinados”, dijo en una entrevista. Fue enterrado discretamente en su pueblo, pero en el primer aniversario de su muerte se organizó una festividad en Barcelona, se puso una placa donde vivía y todavía hoy se realiza una procesión en su memoria llamada “Beata Ocaña”.
  • Actuación de Ocaña y Camilo forma parte de la exposición “De la disco a la manifestación. Prácticas e imaginarios Queer”, que se desarrolla en el Cceba (Paraná 1159). Mas informacion: www.cceba.org.ar

2009/05/15

> Berria: Argitalpenak > LA SEMILLA DEL ODIO

  • La semilla del odio
  • Página 12, Soy, 2009-05-15
El retrato postal de la Antigua Grecia como paraíso de la diversidad sexual acaba de inundarse hasta desaparecer: la distribución en Argentina de "Homofobia: Una historia", de Byrne Fone, devela cómo la pasividad sexual, el afeminamiento (y las mujeres en sí) y hasta el deseo desatado eran considerados monstruos escatológicos capaces de corromper no a la naturaleza sino a la misma idea de sociedad: la corrupción empezaba en el cuerpo y seguía en el cuerpo político. Así germinó el odio en la cultura occidental, más de veinte siglos antes de la invención de la palabra homofobia.

”Mi suposición es que cuando la mayoría de los homófobos imaginan que la homofobia es un nombre intelectualizado para una antipatía innata hacia los homosexuales, ésta, no obstante, es un producto de la educación y la socialización”, explica Byrne Fone en la introducción a su libro Homofobia: Una historia, que se acaba de distribuir en Buenos Aires por estos días, pero que originalmente fue publicado hace una década en EE.UU. Así, la estrategia de Fone tiene que ver con la mejor parte de los estudios gay-lésbicos y con todo el movimiento queer: desnaturalizar los procesos que soportan las ideas monolíticas de la sexualidad. Y una historia desnaturalizada implica, claro, encontrar el punto de vista para deshacer el arbitrio, la construcción de los prejuicios que congelan el pensamiento o, lo que es lo mismo, que obturan la diferencia. Y por eso, Fone, en lugar de trazar virtudes de la homosexualidad, de buscar la belleza homoerótica y enfrascarla en prosa estética, cuenta una historia de la homofobia, es decir, se ubica en un revés de la trama; un revés erudito y con todo el orgullo de su pasión invertida. Y la desnaturalización es una estrategia genial, porque justamente la homofobia se construye mayormente sobre el efecto de sentido del discurso sobre “lo natural”.

Si bien la palabra “homosexualidad” apareció en 1868, recién en la segunda mitad del siglo XX se comenzó a usar la palabra “homofobia” para referirse a la antipatía hacia los homosexuales. Presumiblemente fue publicada por primera vez en un artículo científico de K. T. Smith de 1971 titulado “Homofobia: una caracterización tentativa de la personalidad”. Esa particular antipatía, lejos de ser un mero sentimiento, se expresó a través de condena, aversión, temor, proscripción y el exterminio de homosexuales a lo largo de la historia. Fone enuncia dos causas ideológicas, dos prejuicios de ese temor: 1) la homosexualidad y los homosexuales perturban el orden sexual y de los géneros que supuestamente creó la ley natural; es, en definitiva, el desagrado frente a la diferencia sexual; 2) la conducta social de los homosexuales perturba el orden social, legal, político, ético y moral de la sociedad. Estos prejuicios desperdigados en la cronología de la homofobia que realiza Fone, desde la antigüedad hasta fin del siglo XX, permiten hacer un recorrido transversal del libro: por un lado, uno puede leerlo como una teratología, es decir, un catálogo de discursos monstruosos para construir monstruos; y por otro, una descripción de las prácticas higienistas para limpiar el impacto social de esos monstruos: la lucha contra la exposición pública, la notoriedad, la supervivencia y la herencia de los homosexuales. Y con su punto de vista original, y recopilando varios estudios previos, Fone logra hacer una radiografía del germen, de la idea que tenemos de la cultura griega. Su hallazgo es refundar los orígenes.

Bestiarios
Si bien los estudios gay-lésbicos repiten el retrato postal de la antigüedad como paraíso de la diversidad, cargando tintas sobre la democracia griega como ideal, en el libro de Fone se puede leer la idea de que en la Grecia antigua, como se señaló muchas veces, no existía una palabra que diferenciara la homosexualidad. Sí existieron formas del discurso que produjeron monstruos sexuales: antes del acto de nombrar lo diverso, se lo insultó directamente. La degradación homofóbica a partir del lenguaje es de inventiva griega. Porque si bien existía la tan idealizada paiderastia, ritual iniciático de un adulto mayor a un discípulo púber, donde se difuminaban los roles de maestro y discípulo y de amado y amante, la homosexualidad no era un problema siempre que fuese viril, exclusivamente activa y controlada. Pero el control era, principalmente, un control de esfínter: los que gozaban del sexo anal, aclara Fone, “no eran hombres verdaderos en absoluto sino monstruos afeminados, quienes recibirían a cualquier hombre que los quisiera por el ano”. La pasividad sexual, la insaciabilidad y el afeminamiento no se consideraban naturales o aceptables en Grecia, eran actos de freaks escatológicos, que abandonaban el ideal viril: así nacieron los malakos, palabra peyorativa que designaba a hombres suaves, afeminados, y que también sugería debilidad moral. Esa idea de virilidad como forma suprema del cuerpo amoroso está bien representada en El banquete, texto bendecido por tantas décadas de homoerotismo neoplatónico, pero que Fone pone en crisis al advertir que Platón, a través de ese encuentro para definir la lógica del Eros, construye un “reino donde ni las mujeres ni el afeminamiento tienen lugar alguno”. Y así lo declara uno de los asistentes a El banquete: “El amor entre varones no sólo es diferente del amor entre hombres y mujeres, sino superior a éste, porque es discriminador, fiel y permanente, y porque los hombres son superiores a las mujeres en inteligencia y fuerza”. El sexismo en toda potencia, la misoginia desatada que extirpa todo valor social a lo femenino en la sociedad, no puede representar en ninguna cultura un estadio de ideal democrático diverso.

Sobre ese monstruo afeminado descargó su risa el comediógrafo Aristófanes, con sus personajes de hombres mujeriles o travestidos, como el Agatón de Tesmoforiazusas, a quien se llama una “paradoja” por vestir ropas de mujer, fundando con esa palabra el chiste como burla homófoba, el antecedente de todo teatro de revistas machista. En esta obra, el argumento de Aristófanes sostiene que “hombres como Agatón –que no son ni varones ni hembras– perturban el orden de la sociedad, el cuerpo masculino corrupto introduce caos y corrupción en el cuerpo político”. Y, justamente, según los ideales de Platón, el problema era el cuerpo, porque siempre implicaba corrupción: lo platónico tenía menos que ver con el deseo sublime como relación física entre amantes que como amistad viril para la contemplación de lo bello y lo bueno. Estas ideas filosóficas, más bien abstractas, fueron recuperadas siglos después por los que sentaron las bases del pensamiento judeocristiano, fundando una corriente neoplatónica para justificar un ascetismo antisexual, acentuando la dichosa dicotomía entre carne y espíritu con la intención de promover el celibato, la vergüenza del cuerpo sensual, que finalmente corregiría con la moral de la Inquisición: la carne homosexual, desviada, perversa, sería quemada en las hogueras.

La posibilidad de una isla
Si a la sátira se le puede atribuir cierta ironía y a la filosofía una suerte de uso de la metáfora, ambos procedimientos que dan cierta ambigüedad en su condena a lo homosexual, a lo femenino y al travestismo, el alegato de Esquines contra Timarco, según sostiene Fone, aporta más cabalmente la ideología griega, sobre todo porque es el único documento que se conserva que trata exclusiva y seriamente de una argumentación sobre la homosexualidad. Y Esquines, para defenderse de una acusación de traición en un juicio, argumenta que Timarco no tiene autoridad por ser homosexual. O mejor dicho: por ser “una criatura con el cuerpo de un hombre deshonrado con los pecados de una mujer”. No sólo se acusa a Timarco de haber usado el culo para gozar, sino de otras mariconadas como maquillarse para aparentar menos edad de la que tiene con el fin de seducir, además de usar telas “suaves y hermosas”. Eso le valió otro insulto en perfecto griego: kinaidos, débil, lujurioso. Hoy lo llamaríamos simplemente marica, o cualquiera de sus sinónimos despectivos. El afeite amanerado, la estilización juvenil en el cuerpo adulto construidos como forma de lo monstruoso es un tic de la homofobia que se extendió hasta nuestros días. Es natural que un hombre maduro tenga canas, pero Timarco se las teñía: la tintura lo pintaba como puto. Toda esta argumentación posibilitó la sanción para que Timarco no pudiese seguir hablando en la asamblea pública y que se le denegaran sus derechos como ciudadano. Lo que los Estados modernos hacen con los homosexuales hasta el día de hoy, la Grecia antigua lo instauró en ese dictamen: al gay se lo invisibiliza negándoles los derechos como cualquier actor social pleno y se lo reduce a un ser despolitizado. La homosexualidad, ahora, ya no sólo es un crimen contra la naturaleza, sino contra las leyes sociales. Evidentemente, ésas son dictadas por la lógica estrictamente patriarcal, el ideal griego que se trataba de perpetuar.

Si faltaba alguna institución, la ciencia griega también decía lo suyo, que fue cruel y no mucho, pero suficiente para que también la homosexualidad fuese una enfermedad. Y para eso bastó un tratado, el Physiognomonics, del siglo IV a.C., que usualmente se compila dentro de los tomos de obras de Aristóteles, pero no fue escrito por él. Ahí, al marica, al kinaidos que comenzó a describir Timarco, se lo caracteriza fisonómicamente: “Ojos inconstantes y es patizambo; inclina la cabeza hacia la derecha; gesticula con las palmas de las manos hacia arriba y las muñecas fláccidas; y tiene dos estilos de caminar: menear las caderas o mantenerlas bajo control”. Para una anatomía de la inversión, para identificar al enemigo de la naturaleza, los fisonomistas pusieron al trolo bajo el microscopio para agigantar sus rasgos, para congelar su gesto bajo la lupa, y así dibujar la primera caricatura homófoba de la historia, una que se repite hasta en las películas del siglo XX.

Y si se trataba de detectar la diferencia sexual, era para después administrar el lugar que le correspondía en la escala social. Porque si esto no bastaba para que el cuerpo, el género y el ano se pensaran contra natura, aunque sobre todo se los creara como un atentado contra el orden político, en el 350 a.C. el mismísimo Platón, el supuesto adalid del homoerotismo, puso negro sobre blanco en Las leyes, que versa sobre la creación de Magnesia, un Estado utópico en la isla de Creta, y donde, justamente, decreta que el sexo homosexual y el lesbianismo son “crímenes antinaturales de primer rango”. Y, por fin, aparecen las lesbianas en el discurso platónico, para eliminarlas de la lógica del Estado ideal. Ahí tienen su democracia paradisíaca griega: Platón envió a los heterosexuales a una isla, para alejarlos de los afeminaditos y las machonas. La grotesca geografía imaginaria ya estaba trazada: era la isla de la fantasía homófoba, lugar desde donde se comienza a erigir el pensamiento y las prácticas contra la diversidad sexual que primaran en el resto de la historia.

Palabras específicas
Además de releer algunas ideas sobre la historia de la homosexualidad, "Homofobia: Una historia" también es un libro sobre las formas de los discursos literarios en su lucha por el sentido social y la representación de lo diverso. Por eso, con entusiasmo bibliófilo, Byrne Fone usa como fuentes de su cronología exhaustiva los libros que buscan afanosamente las formas literarias más aventuradas para expresar la diferencia sexual, en tanto de manera positiva como aberrante. Desde la literalidad a la traducción, desde la metáfora a la etimología, el libro multiplica el deseo en mil palabras que tratan de hacer de la diferencia una sublime experiencia literaria. Y así Fone expone cada detalle de obras fundadoras, pero también de muchas desconocidas, para que surjan los matices de la diversidad sexual en su búsqueda de las palabras justas. Fone parece más identificado con la investigación estética austera de Walt Whitman, tal vez el poeta homoerótico que inaugura una nueva voz cuando se apagaba el siglo XIX. En un afán preciosista, Whitman denuncia que existen “pocas palabras o nombres para los sentimientos amistosos” y se encarga de buscar las “palabras específicas” para que la poesía pueda expresar el cuerpo y el sexo. Cuando la pluma refinada de Fone vuela alto sigue los designios del poeta y se encamina en la investigación más elocuente para marcar el conflicto homofóbico a través de la cita expresiva y la invención justa. Dentro de esa línea, el libro alcanza su plenitud en las lecturas críticas de novelas, teatro y cuento en el Estados Unidos de principio de siglo XX. Ahí, logra recuperar una literatura panfletaria poco célebre y se adentra en su corazón oscuro para destapar las voces perdidas en medio del desconcierto, de la experiencia casi secreta. En esas páginas hay desafío político, inventiva, algo de humor y hasta ridiculez, por ejemplo, cuando se cita a un tal Dr. John F. W. Meagher que enuncia cosas estrafalarias como que a los homosexuales “les gustan las cosas artísticas agradables y casi todos ellos son aficionados a la música. También les agradan los elogios y la admiración. No saben silbar bien. Su color favorito es el verde”.

2009/04/24

> Iritzia: Irene Ocampo > EL ULTIMO CLOSET

  • El último closet
  • A los 58 años, murió la investigadora y educadora norteamericana Eve Kosofsky Sedwick, autora de La epistemología del closet, una obra que permitió pensar, a principios de los ’90, los conceptos de género y las ideas de Michel Foucault.
  • Página 12, Soy, 2009-04-24 # Irene Ocampo
La teoría queer ha perdido a una de sus más importantes fundadoras: Eve Kosofsky Sedwick. Investigadora, educadora, poeta.

Como muchas teóricas provenientes del feminismo, sus primeros estudios se basaron en revisar las obras del siglo XIX escritas en su lengua. Así publicó varios trabajos; entre ellos, un análisis sobre los deseos homoeróticos de dos personajes masculinos de la novela Nuestro común amigo (Our Mutual Friend) de Charles Dickens. Sus provocativos ensayos sobre clásicos de la literatura inglesa, incluyendo un trabajo sobre Sensatez y sentimiento de Jane Austen, fueron aportando la incomodidad intelectual necesaria para el nacimiento de una nueva teoría. La aparición de su libro La epistemología del closet (Epistemology of the Closet) en 1990, con su renovadora visión crítica sobre la sociedad a partir de la disección de los conceptos de heterosexualidad y homosexualidad, abrió una brecha dentro de la academia norteamericana para que pasara la por entonces nueva teoría queer.

“Se trata de comprender los diferentes tipos de deseo sexual y cómo la cultura los define (...) Se trata de cómo no podemos comprender las relaciones entre hombres y mujeres si no comprendemos la relación entre personas del mismo género, incluyendo la posibilidad de una relación sexual entre ellos/as”, dijo sobre La epistemología... en una entrevista al diario The New York Times en 1998. En el mismo libro, EKS aportó la teoría sobre el régimen de conocimiento que genera el closet (o armario, o ropero). El secreto, el ocultamiento, lo dicho, lo no dicho, la represión y la liberación, la visibilidad, y todo aquello que permite nombrar(se) y anunciar(se). “El secreto funciona como la práctica subjetiva en la que están establecidas las oposiciones privado/público, adentro/afuera, sujeto/objeto, y mantiene inviolada la santidad de su primer término.” Conceptos arraigados en la cultura de la sociedad occidental en la que el conocimiento del que disfrutaba la heterosexualidad confrontaba con la ignorancia a la que era sometida la homosexualidad. Para EKS es fundamental reconstruir esa bipolaridad a partir del desmantelamiento de los supuestos en torno de ambos extremos de la sexualidad humana. Como remarcó David Halperin en San Foucault: “Pero si nunca puedes estar en el closet, tampoco puedes estar afuera, porque aquellos que alguna vez gozaron del privilegio epistemológico de saber que no sabes lo que ellos saben, se niegan a renunciar a tal privilegio e insisten en construir tu sexualidad como un secreto al que tienen un acceso especial, un secreto que se descubre ante su mirada lúcida y superior”.

Además de su labor como autora y docente, EKS participó activamente en el desarrollo de la influyente Series Q de la editorial universitaria Duke University Press, a comienzos de la década del ‘90, junto con Michèle Aina Barale, Michael Moon y Jonathan Goldberg. Entre otros autores publicados allí, podemos mencionar a Didier Eribon, Cindy Patton y Sylvia Molloy.

En 1991, EKS supo que tenía cáncer de mama. Cirugía y tratamientos químicos mediante, superó esa primera etapa de la temible enfermedad, que reapareció en 1996. Dicha experiencia influenció algunos de sus posteriores trabajos, menos conocidos en nuestra lengua, sobre la discapacidad, las definiciones sociales de la enfermedad, entre otros conceptos. Su último libro publicado, Touching Feeling: Affect, Pedagogy, Performativity (2003), contribuyó a establecer lazos entre la teoría queer y las emociones. Antes de morir estaba trabajando en el libro Proust and the Little Queer Gods, que dejó inconcluso.

2009/04/22

> Berria: Trans > A LA ESCUELA CON IDENTIDAD TRANS

  • A la escuela con identidad trans
  • Aprueban un proyecto en la legislatura bonaerense
  • Página 12, 2009-04-22 # Emilio Ruchansky
Otro paso hacia el respeto por la diversidad sexual fue dado en la Legislatura bonaerense, que aprobó por unanimidad un proyecto de declaración dirigido al Ministerio de Educación bonaerense para que en sus establecimientos sea asimilado el nombre elegido por las personas travestis, sean docentes o estudiantes. Sobre todo, a la hora de pasar lista a la clase. “El objetivo es atraer a las compañeras para que se inscriban en las escuelas primarias y en las secundarias”, dijo la activista travesti Diana Sacayán, una de las promotoras de esta iniciativa.

El reclamo concreto surgió en octubre del año pasado entre quienes participaron del “Programa de inclusión para personas travestis en el sistema educativo”, que apuntó a capacitar a docentes y personas trans de la provincia de Buenos Aires. Fue una prueba piloto realizada en 28 escuelas y la Universidad Nacional de La Matanza. Allí se habló de la discriminación y las burlas en el aula que estigmatizan a las personas trans. Esta situación es una de las principales barreras para asistir a la escuela, según un informe nacional titulado “Cumbia, Copeteo y Lágrimas”, publicado el año pasado por la Asociación de Lucha por la Identidad Travesti y Transexual.

El proyecto fue redactado por integrantes del Movimiento Antidiscriminación de Liberación (MAL) y el equipo de la diputada Laura Berardo, del Movimiento Libres Del Sur. “La idea es que las personas travestis, tanto estudiantes como docentes, no tengan que atravesar por situaciones hostiles y busca disminuir la discriminación de la que es víctima este colectivo”, explicó Sacayán, de MAL. También se busca generar la matriculación de una población que, según aseguró a Página/12, en un 90 por ciento no pasó por la escuela secundaria y el 84 por ciento abandonó en el nivel primario.

Por su parte, la diputada Berardo estimó que se trata de un “avance cultural”, más allá de que el Ministerio de Educación se haga eco de la iniciativa. “Un proyecto de declaración es la expresión de una necesidad para que sea considerada como tal, en este caso, por la Dirección General de Escuelas”, explicó Berardo. El proyecto fue girado a la Comisión de Igualdad Real de Oportunidad y Trato el 29 de diciembre pasado y fue muy bien visto por sus integrantes.

Mario Oporto, director de Escuelas bonaerense, ya fue puesto al tanto de este proyecto de declaración el año pasado, durante un encuentro donde se debatió sobre la relación entre educación y trabajo. Ayer, Berardo dijo que la aceptación o el rechazo de esta recomendación “va a demostrar si hay buena voluntad o no de parte del Ministerio de Educación bonaerense”.

2009/03/20

> Kritika: Soy > PERVERSION Y PERVERSIDAD: SEPARANDO LA PAJA DEL TRIGO

  • Perversión y perversidad: separando la paja del trigo
  • En "Nuestro lado oscuro. Una historia de los perversos" (Ed. Anagrama), la psicoanalista Elisabeth Roudinesco define las perversiones en una perspectiva histórica. Y propone más: reconocer el lado oscuro que todos tenemos.
  • Página 12, Soy, 2009-03-20
Si ahora mismo miramos hacia atrás, nos encontraremos con una adorable y larga fila de personajes perversos que nos saludan. Se trata de ficciones o de seres de carne y hueso a quienes admiramos, defendemos, reivindicamos al punto de que no sabríamos cómo vivir sin su influencia. Porque fueron perversos los niños que se masturbaban, los homosexuales, las mujeres histéricas, las ninfómanas, las obras de Sade, de Pasolini. Fue perversa para su familia la monstruosidad de Gregorio Samsa y también la imagen siempre joven en el espejo que perdió a Dorian Gray. Mirando hacia atrás comprenderemos entonces que el mal absoluto, salvo en el caso aberrante del nazismo, no existe. Ni siquiera la pedofilia que hoy nos escandaliza y rebela fue siempre una perversión. Es claro, no siempre los niños pudieron vivir su propia infancia, ni contaron con sus propios derechos. Los flagelantes fueron santos primero y masoquistas siglos más tarde. He aquí un ejemplo excelente: mientras la pauta religiosa medieval propugnaba la humillación corporal como método para menospreciar el cuerpo y ensalzar el alma para acercarse a Dios, la flagelación se consideró una práctica sublimadora, pero, cuando la perspectiva eclesiástica cambió, la flagelación se transformó en vicio.

¿Será que sólo se trata de nacer en el momento adecuado? O tener suerte, vida y paciencia para que los cambios favorezcan a una u otra perversión...

La pregunta que intenta responder este nuevo libro de la psicoanalista francesa Elizabeth Roudinesco es la siguiente: ¿dónde empieza la perversión y quiénes son los perversos? Guiada por las sombras de Foucault, de Bataille y por una autocrítica que el psicoanálisis nos adeuda hace tiempo, entre otras cosas porque estudió la perversión como problema individual, dejando de lado toda perspectiva histórica, política, cultural, la autora se propone discernir entre perversión y perversidad mirando hacia atrás. Ya Michel Foucault, inspirado en Bataille, había proyectado incluir en su Historia de la sexualidad un capítulo dedicado al mundo de los perversos, es decir, a aquellos a quienes las sociedades humanas, preocupadas por desmarcarse de una parte maldita de sí mismas, han designado como tales.

Toma la posta Roudinesco a lo largo de cinco capítulos que abordan sucesivamente la época medieval, con Gilles de Rais, las santas místicas, los flagelantes; el siglo XVIII, en torno de la vida y la obra del Marqués de Sade; el siglo XIX, el de la medicina mental, con su descripción de las perversiones sexuales; por último, el siglo XX, donde se afirma, con el nazismo –y en especial en las confesiones de Rudolf Höss a propósito de Auschwitz–, la metamorfosis más abyecta que existe de la perversión, antes de que ésta acabe por ser designada, en nuestros días, como un trastorno de la identidad, un estado de delincuencia, una desviación, sin que por ello deje de desplegarse en múltiples facetas: zoofilia, pedofilia, terrorismo, transexualidad.

Si bien el mundo ya no se halla regido por una autoridad divina, aun en el reinado de la ciencia, la perversión sigue siendo sinónimo de perversidad y cualesquiera que sean sus figuras, dice la autora, siempre se relaciona, como antaño, con una especie de negativo de la libertad: aniquilación, deshumanización, odio, destrucción, dominio, crueldad, goce. Roudinesco, en este trabajo, señala la doble cara de la perversión que por un lado marca el límite que una sociedad se impone y, por el otro, celebra su poder para romperlo. Preserva la norma sin dejar de asegurar a la especie humana la permanencia de sus placeres y de sus transgresiones. ¿Qué haríamos sin Sade, Mishima, Genet, Pasolini, Hitchcock y tantos otros que nos legaron las obras más refinadas que quepa imaginar? ¿Qué haríamos si ya no nos fuese posible designar como chivos expiatorios –es decir, perversos– a aquellos que aceptan traducir mediante sus extraños actos las tendencias inconfesables que nos habitan y que reprimimos?

2009/02/13

> Elkarrizketa: Raquel Platero > ESCRIBIR CIEN VECES: "NO SOY HOMOFOBICO, NI LO QUIERO SER"

  • Entrevista, Raquel Platero Méndez: Escribir cien veces: “No soy homofóbico, ni lo quiero ser”
  • Página 12, Soy, 2009-02-13 # Liliana Viola
Cuando la escuela desconoce ciertos conceptos como lesbianismo, homosexualidad, transexualidad en su discurso académico, favorece la presunción de que no existen o no deberían existir. La ignorancia otorga argumentos a la homofobia. La española Raquel Platero Méndez, docente, psicóloga, coordinadora del libro Lesbianas. Discursos y representaciones (Melusina, 2008) y coautora del libro Herramientas para combatir el bullying homofóbico (Talasa, 2008), ofrece un panorama sobre lo que ocurre hoy por hoy en el aula y algunas ideas para cambiar la historia.

Has dicho muchas veces que la homofobia es una de las principales causas del acoso y la violencia entre adolescentes. ¿Qué te hace pensar esto?
—En mi instituto, como en todos los que conozco, el insulto que más se oye en los pasillos es “maricón”. No se le dice solamente a quienes se presume de homosexuales, se usa para intimidar e infravalorar a los compañeros con una humillación que incide en la definición misma de la identidad masculina. También oigo otros como “marimacho”, “travelo”, “bollera”, etc., un sinfín de términos que muchas veces emplean sin saber qué significan en realidad.

Que se usen palabras que no se conocen bien ya habla de algo que excede al mismo insulto.
—Cuando un chico no es tal y como el ideal de varón tiene que ser, se le etiqueta como nena, maricón, o cualquier otra cosa que permita deshumanizarle, y de hecho da igual que sea gay o no, simplemente vale con que el matón piense que lo es o lo pudiera ser.

¿Pensás que las personas adultas tienen una tolerancia extra para este tipo de acoso en la escuela?
—Creo que todas estas formas de violencia son posibles por la impunidad, minimización y silencio que las rodea. No son conductas fácilmente identificables, y a menudo pasan desapercibidas para el profesorado, que las confunde con actos de vandalismo. O bien piensan que son habituales, que los chavales se “autorregulan” los conflictos y que no es necesario intervenir educativamente. Confundimos propiciar su independencia y relaciones de grupo con indulgencia y les abandonamos a su suerte.

¿Qué significa que los docentes no lo ven?
—Es interesante en este sentido el testimonio de un profesor de matemáticas de un Instituto de Secundaria de Rivas Vaciamadrid, quien afirmaba que no existen conductas homófobas en su instituto. Y lo hacía con una rotundidad que era sorprendente. Una vez que empezamos a hablar y definimos la homofobia en un sentido amplio, para incluir las rupturas con la percepción de “heterosexualidad dominante” y los “roles de género”, él mismo fue capaz de hablar de “ese chico de la cafetería que todos se reían de él”. Al poner nombre ayudamos a identificar los incidentes que están vinculados con la sexualidad del alumnado. Este mismo profesor no subrayaba las discriminaciones específicas del alumnado Glttbi sino que aludía vagamente a que tales discriminaciones se sufren por todos aquellos “que rompen los patrones”, lo que constituye un lenguaje neutral en términos de género y orientación sexual. Y que en cualquier caso afirmaba que había otros problemas “más relevantes”, como la interculturalidad.

¿Cómo abordás este tema en tu aula?
—Hablando y observando lo que sucede y cómo se nombra eso que sucede. El ejemplo más reciente surgió cuando estaban revisando la prensa en un ejercicio en el aula encontramos la noticia en el periódico La Vanguardia de una chica de 13 años, una chavala que ha vivido toda una serie de vejaciones y agresiones por parte de sus compañeras desde el comienzo de curso. Las medidas tomadas por la institución incluían hacerla salir antes de clase y evitar que participara en salidas y excursiones, lo cual no impidió que sufriera quemaduras de cigarrillos, fuera obligada a comer tierra y amenazada con navajas. Aprovechamos para señalar en este incidente elementos clave de este uso de la homofobia como parte central del acoso escolar. La alumna había roto con las normas sociales que prescriben heterosexualidad obligatoria; aparece un suceso precipitador, el hallazgo de sus compañeras de una agenda con un corazón dibujado con dos nombres femeninos, que ha justificado su identificación y castigo por sus iguales. Nos preguntamos si estas conductas podían suceder en su centro y cómo se lo tomaban tanto ellos y ellas. Además hicimos un juego de roles, en los que planteamos una situación simulada y mostraron diferentes respuestas que se podían dar ante esta situación. Ahondamos en el caso, al ver que tres denuncias por lesiones a la alumna y una cuarta por amenazas a la madre no fueron suficientes para parar el comportamiento acosador de las compañeras, ante la falta de acción de las autoridades que finalmente han facilitado el traslado de centro como solución al problema.

¿Conclusión?
—Pues este hecho pone de manifiesto varias cosas: el acoso escolar no es un fenómeno exclusivamente masculino; la homofobia no se detecta como un problema escolar ante el cual hay que intervenir; la alumna no tiene que ser lesbiana para ser acosada por este motivo. Esto era algo que como docentes teníamos que dejar claro, la homofobia no sucede sólo ante aquellas personas que son homosexuales o transexuales.

¿Y la autocrítica entre docentes?
—Nuestra reflexión, ya de cara a los compañeros docentes, es que las instituciones no son capaces de frenar las agresiones ni cuando se producen denuncias ante la policía, y finalmente se está mandando el mensaje de que el problema lo tiene la alumna en particular, quien tiene que cambiar de instituto. El problema parece que no lo tiene el centro, ni el instituto, ni la Concejalía de Educación, ni la sociedad. De hecho, el problema está en todos estos ámbitos, pero nadie se está responsabilizando de abordarlo de forma educativa.

¿Cuáles son las principales causas de la homofobia en la escuela?
—En principio, en los estudios realizados se destaca por un lado el desconocimiento de las realidades de las minorías sexuales que aparecen como un tema tabú y, por otro lado, la ausencia de referentes. Nos alarmamos por las consecuencias del acoso escolar, pero no nos escandalizamos por sus causas: cuando no hablamos de la diversidad sexual y no reconocemos la discriminación específica, estamos contribuyendo a mantener la discriminación que permite el acoso escolar. Al no ponerlo como uno de los conocimientos a adquirir, estamos transmitiendo que es un tema tabú, que no es tan importante como otros que sí enseña la escuela, y que los valores asociados a los varones y la heterosexualidad son los dominantes, hasta el punto de que parecen neutrales. Los chicos y los adultos hoy no saben la diferencia que hay entre un gay, una persona travesti, transexual. La bisexualidad no se respeta como una identidad, por ejemplo, y a menudo se reproducen ideas erróneas sobre la bisexualidad. Al no educar sobre la diversidad sexual ya estamos transmitiendo valores y trasladando conocimientos teñidos de sexismo y homofobia. No es de extrañar entonces que parte del alumnado perciba que han de mantener las normas sociales, que funcionen de hecho como policías de sexo y género a través de un comportamiento abusivo.

Entre 2006 y 2007 entrevistaste a chicos y chicas de entre los 17 y los 22 años. ¿Qué rescatan y de qué se quejan?
—Existe una percepción de que está habiendo un proceso de cambio en torno del tratamiento de la sexualidad en la educación secundaria, especialmente por la reciente aprobación de leyes que han generado un clima de corrección y mayor tolerancia, que asientan la idea de que “ya toca hablar de esto”. No obstante, este hecho es un arma de doble filo a los ojos de Alex: “Parece que los homosexuales somos seres asexuados, como peluchines monos, sin sexualidad, sin fantasías sexuales”. Curro resalta que echó de menos un modelo que enfatizara que “la sexualidad es algo sano y una forma más de expresión”. Este último hecho conecta con la discriminación desde el propio profesorado de las sexualidades no normativas. Ursula destaca el recuerdo de una profesora con actitudes fuertemente homófobas que se plasmaban en miradas, comentarios, que no sólo ridiculizaban al alumnado homosexual sino que coartaban la libre expresión de las orientaciones sexuales por parte del resto.

Respecto de la otra causa que señalabas, la falta de referentes, ¿no notás que hay cada vez más?
—Se están normalizando los referentes homosexuales, pero las mujeres lesbianas que conocemos siguen cubiertas por un cierto aire de caricatura o demonización, mientras que la sociedad tiene un reto pendiente con las personas bisexuales y transexuales. Tenemos mucho trabajo por delante.

¿Diríamos que hay turnos? ¿Minorías dentro de otras minorías?
—Se constata una vez más cómo la construcción de categorías sexuales es un acto puramente cultural y que dentro de un colectivo específico, como el Glttbi, se siguen reproduciendo jerarquías y modelos legítimos e ilegítimos de comportamiento sexual. Como denuncia Ursula: “No es que esté en medio”, sino que la bisexualidad es una forma independiente y autónoma de comportamiento sexual. La falta de legitimidad de ciertas orientaciones sexuales da lugar a que muchos jóvenes no quieran tomar partido en lo que a su sexualidad se refiere; Ursula comparte que existe una cierta “asexualidad” como forma de supervivencia social, que tiene como contrapartida una merma de la libertad de expresión y una limitación de su sexualidad.

2009/01/09

> Berria: Homofobia > FRANQUISIMO FRANCO

  • Franquísimo Franco
  • Página 12, Soy, 2009-01-09
Esta semana todos los medios se hicieron eco de la última confesión del cineasta y melómano Franco Zeffirelli, quien a los 85 años recordó su primera vez con un hombre. “Fue muy tarde, durante la guerra, en la montaña de Florencia. Ocurrió con un soldado que se llamaba Vieri y que estaba escondido con nosotros en ese bosque. Dormimos en una noche helada bajo la misma frazada adentro de una gruta. Lo recuerdo como una experiencia bella, porque éramos muy jóvenes, nos abrazamos el uno al otro, mientras el peligro acechaba por todas partes. Cerca nuestro estaban los alemanes, que si llegaban a descubrirnos, nos mataban.”

No es el primer closet que abre Zeffirelli, quien hace más de dos años escribió sus memorias recordando su tormentosa relación con Luchino Visconti y otras infidencias como la propuesta deshonesta que le hizo Onassis sólo para alejarlo de Maria Callas, la única mujer que amó en su vida. Con closet bien abierto, Zeffirelli hace apenas un año lanzaba sus dardos mortales a quienes dejaron el mismo closet. “El gay es un payaso, un personaje cómico que se hace la mujer para dar risa a los burgueses americanos. Ser homosexual no es una vergüenza, significa haber hecho una elección madura, difícil, que se sostiene con una dosis de moralidad mayor que la que se les pide a los heterosexuales.” Zeffirelli dijo el año pasado otras palabras que tuvieron mucho menos eco que su última confesión: “Me escandaliza ver a dos gays besándose en público; ésos no son homosexuales sino dos locos que hacen el amor como las bestias y que yo no puedo sostener. Desprecio ese modo de comportarse hasta el punto de sentirme mas próximo a
Gentilini cuando habla de la posibilidad de mandarlos a un campo de concentración”.

Vale recordar que Gentilini es miembro del partido Liga del Norte, de extrema derecha, que recomendó el año pasado públicamente hacer una limpieza étnica y liquidar homosexuales. Y Zeffirelli deberá saber que propuestas y declaraciones como ésas le cuestan la vida a mucha gente todos los días. Y además, que no todos los adolescentes tienen la suerte que él tuvo de hallar un compañero, una gruta helada, una guerra mundial, una horda de nazis acechando, como para poder decir que la primera vez con un hombre fue memorable, digna y sobre todo con tal valor moral que le permite, 70 años más tarde, coger el fusil y ponerse a matar putos.

2009/01/02

> Erreportajea: Egoerak > CUBA LIBRE

  • Cuba Libre
  • Entre los festejos que este año recuerdan el 50 aniversario de la revolución cubana, hay ciertos ritos íntimos pero no por eso menos públicos que se suceden a diario sobre la geografía de la isla: la vida social y erótica de gays y trans –las lesbianas, como siempre, casi invisibles– se ha organizado a pesar de las persecuciones y el exilio obligado, ahondando un poco más esa herida en el régimen llamada “apertura”. El mapa de la diversidad dibuja un itinerario particular en La Habana, donde todavía los contactos virtuales no han logrado vaciar las calles.
  • Página 12, Soy, 2009-01-02
En El cuerno de la abundancia, la película cubana de Juan Carlos Tabío, hay un padre castrista y castrador, siempre al borde del infarto, que lucha con su familia para salir de la crisis económica en un pueblo anónimo de la isla. Y, como un misterio en el relato, hay un hijo ausente, como un fantasma, de quien el padre no puede ni tolerar oír su nombre. Hasta que otro personaje, en un ataque de ira, se lo nombra con un reproche y ahí descubrimos la historia oculta: se trata de un hijo maricón que se vio obligado a fugarse de Cuba a causa de su machismo. Con sólo nombrar esa mancha en su vida revolucionaria, al padre le da un ataque cardíaco y queda postrado, casi vegetal, en una silla de ruedas. El cuerno de la abundancia es una comedia grotesca sobre los lugares comunes del presente cubano que se estrenó en la última edición del Festival de La Habana, tres semanas atrás. A 50 años de la Revolución, esa escena señala la vigencia de la herida que significa para la saga cubana de exterminio a los homosexuales.

Y pocos lugares como La Habana para sentir la historia, con la proliferación de edificios de la primera mitad del siglo XX y los autos gigantes de los ’50 navegando las calles como lanchones. Pareciera que el pasado no quiere hundirse sino que flota en el presente. Y las heridas de las primeras décadas de la Revolución aún tienen su traumático peso específico sobre el nivel del mar. Por difíciles de olvidar, por insensatas, por llevar a cabo las concepciones más reaccionarias que la izquierda latinoamericana de los ’60 y ’70 tenía de los homosexuales. En primer lugar, esas Unidades Militares de Apoyo a la Producción (UMAP), campamentos de trabajo rural donde fueron obligados los homosexuales a recluirse, entre otros sujetos “problemáticos” para la Revolución, entre 1965 y 1966, época en la que se denunciaron además distintos casos de asesinato por orientación sexual o identidad de género. Y después de 1971, la famosa “parametración”, una doctrina oficial que impedía a ciertas personas, donde se incluía a cualquiera sexualmente diverso, ocupar puestos de trabajo socialmente relevantes. La idea de exterminio de la diferencia fue una suerte de política oficial cubana que, en el mejor de los casos, provocó que muchos gays, lesbianas y trans fuesen condenadxs al exilio. Todavía hoy, el relato del gay escapando de la isla caribeña es un tópico recurrente de la cultura cubana, con el libro de Reynaldo Arenas Antes que anochezca como obra cumbre de esta narración matriz del exilio desesperado tras la Revolución. Y, para colmo de aberrante, la lógica de la exclusión se terminó con la implantación de los sidarios en el último lustro de los ’80, condenando a reclusión obligatoria a los seropositivos, no sólo quitándoles las posibilidades de desarrollo social sino criminalizándolos por su condición de enfermos.

Hasta la Victoria... Abril
La década del ’90 pareció limpiar todo el pasado homofóbico de la isla, especialmente a partir de Fresa y chocolate (1993), la película dirigida por Tomás Gutiérrez Alea y Juan Carlos Tabío que narraba el amor y el desamor, tanto como el enfrentamiento ideológico entre un artista gay y un comunista revolucionario. Pero no, si bien la película fue un éxito cinematográfico, estuvo “postergada” su exhibición televisiva en Cuba hasta el 2007. La censura televisiva y cinematográfica de algunas obras está a la orden del día. Una larga historia de amagues de apertura marca los últimos años de la isla, pero todavía muchos gays, lesbianas y trans de Cuba tiene miedo a reunirse, a tener una vida social plena. En 1997 sucedió otro hecho significativamente traumático en la isla: en una de las tradicionales fiestas clandestinas gays donde asistieron Pedro Almodóvar, Bibi Anderson y Jean-Paul Gaultier (algunos dicen que también estaba Victoria Abril), una razzia policial acabó con cientos de personas detenidas y los organizadores cumplieron condena por varios meses. A Almodóvar & Cía. los dejaron ir porque los habían reconocido, pero a Jean-Paul Gaultier lo tuvieron detenido en una comisaría de La Habana. El escándalo trascendió y esa fiesta confirmó para muchos la poca libertad que todavía existía para la vida pública de la comunidad glttbi. Las fiestas clandestinas no volvieron a ser tan multitudinarias, y hay que conseguir una clave casi secreta para acceder, aunque muchos dicen que ya no existen, que son apenas reuniones. Igual la mayoría de los gays cubanos se niega a ir a esas fiestas, por miedo a las razzias y a las posibles actas policiales contra los que asisten. De esta manera, la posibilidad de asociarse fue sistemáticamente boicoteada, incluso desde que hay una cierta apertura, a principios de los ’80, cuando se creó y se diluyó rápidamente la Organización Nacional de Entendidos (ONE), único grupo glbt que trató de sentar bases para un movimiento de acción cultural dentro de Cuba. Sin embargo, lejos de desaparecer socialmente, la comunidad glttbi tiene sus estrategias, su modo de vida crece desde los márgenes y, comparado con las nuevas ciudades occidentales gay friendly, todavía se puede considerar libertario.

Habana Libre
Más que nunca, en las grandes ciudades del mundo la mayoría de la comunidad gay construye su identidad a partir de una forma de consumo, asimilándose de a poco a la civilizada vida cultural, y llevando cada vez más una vida puertas adentro en lugares de encuentro predeterminados y exclusivos. Y, sobre todo, la principal forma de comunicación actual se desarrolla por medio de internet, con las formas del ciberyiro (chat, contactos, xtube, etc.), que hacen abandonar cada vez más la calle y los lugares públicos de circulación democrática (no determinados por el poder adquisitivo ni por el acceso a la tecnología). Frente a ese mapa claustrofóbico del estado actual de la comunidad global glttbi, la isla cubana presenta una geografía del deseo que aún se resiste a ser entendida dentro de esos cánones. En el Barrio Vedado se desarrolla la más intensa vida gay en las calles. La homoerotización del espacio público está a la orden del día, y parte de la ciudad de La Habana es un hervidero de sangre caribeña en las penumbras del Centro. Penumbras porque la noche habanera es más noche que cualquiera: la crisis energética provoca una sombra profunda en gran parte de la ciudad, apenas interrumpida por algunos faroles que proyectan luces débiles, o por algunos pocos negocios abiertos durante la noche. Un baño público en una plazoleta sobre la calle 23 es la tetera más concurrida de La Habana. Aunque funciona casi todo el día, de noche una muchedumbre se siente más cómoda en la oscuridad, rodeando al monumento del Quijote que adorna la pequeña plaza, que rebautizó al lugar como el Baño del Quijote, la letrina donde se escriben aventuras sexuales diversas a cada minuto, como una saga en la vida gay de La Habana. El interior del baño es casi teatral: una cortina separa los mingitorios de los lavabos, pero en lugar de ocultar señala que detrás sucede la verdadera escena. Si el montaje escenográfico es elocuente, aún más lo es la placa al pie del monumento al Quijote: “Somos de la España de Lorca...” empieza, evocando al poeta andaluz que visitó La Habana en 1930 y que dejó rastros en la literatura y, también parece, en las costumbres libidinosas de los baños insulares. A tres cuadras de ahí, por la avenida 23, alrededor del hotel Habana Libre, se sucede la principal circulación deseosa: el parque frente al cine Yara, la heladería Coppelia, son algunos de los lugares ideales donde salir a fletear (yirar en slang cubano). Y si el amor no surge se puede calmar el ardor de la entrepierna en la sombra de un zaguán cualquiera, anónimamente, cubiertos por una sombra en la que ni los ojos de un gato podrán adivinar las formas. Si alguien, en lugar del encuentro sensual en los agujeros negros del centro, prefiere las luces y la sociabilización, un bar a unas cuadras, Piropo, en 23 y P, es un lugar que explota de maricones y turistas. Ahí tiende a aparecer la figura del pinguero, versión local del taxi-boy, que trata de sacar ventaja de los “yumas” (nombre que los cubanos les dan a los turistas estadounidenses o cualquier extranjero que no hable español). El Piropo es un bar de paredes de vidrio que casi no lo separan de la calle, donde hay una visibilidad diversa que encandila, y la vereda es casi parte del bar, en una forma de sobreexposición sensual pública extinta en la mayoría de las ciudades céntricas de latinoamérica.

Las plazas de la revolución
Generalmente, el bar Piropo es una última parada antes de caminar una cuadra más y llegar a la verdadera fiesta de todxs: en el malecón donde la 23 se hunde en el mar, casi todas las noches se produce la más escandalosa reunión queer. En esa costanera que a veces el mar embravecido bautiza con su espuma, decenas, y a veces cientos, de gays y trans se entregan al grito festivo, al ademán cómplice, al roce erótico, al ron Havana Club. Noches dionisíacas, libertarias, comunitarias de locas desatadas que gritan como sirenas para desviar a los “bugarrones” (chongos en la jerga habanera: hombre viril usualmente bisexual). Ahí, en el malecón aparece toda la sal del mar caribeño: esa gracia que Pedro Lemebel atribuye a los cubanos que provoca una “política de las caderas que libera al cuerpo”. El cuerpo en éxtasis, orillero, frente a un mar que apenas está iluminado por la luna y que el horizonte te devora, borracho de bucolismo playero caribeño, ahí, justo ahí es pura diversidad. Algunos cubanos, temerosos aún, avisaban que hay que andarse con cuidado, que el gentío del malecón es algo peligroso. Nada de eso, a no ser que a uno le asuste la mariconería sin límite: el gesto teatral tropical, la pose amanerada, la peluca irónica, la ropa brillante casi pegada a la piel morena, las miradas libidinosas de rayos X guiadas por un ron que ponen al cuerpo a no sé cuántos grados Fahrenheit: acá no late la delicadeza del mojito, del trago helado y mentolado, sino que el ron va directo a la sangre sin dosificar. Ahí, donde la ciudad mira más allá, el cuerpo se libera del machismo de la revolución tanto como de los vicios de la ciudad gay neoliberal para volar un poco más libre, sin guión, sin red, con la propia lógica del placer marica.

Pero también alejándose del centro, otros rituales eróticos tienen lugar en las plazas o los parques forestados de las zonas periféricas de la ciudad. Porque también hay una relación muy estrecha con la naturaleza que subsiste en la cultura gay, empezando por los apelativos zoológicos con que se denomina positiva y peyorativamente a los homosexuales en Cuba: pájaro, pato, ganso, mula, yegua, cherna, son algunos de los animales elegidos para caracterizar a los maricones. Una relación que también encuentra su relato matriz en Arenas, en su autobiográfico Antes que anochezca, cuando describe su sexualidad infantil en Cuba: “Aquella etapa entre los siete y los diez años fue para mí de gran erotismo, de una voracidad sexual que, como ya dije, casi lo abarcaba todo. Abarcaba la naturaleza en general, pues también abarcaba los árboles... De todos modos, hay que tener en cuenta que, cuando se vive en el campo, se está en contacto directo con el mundo de la naturaleza y, por lo tanto, con el mundo erótico. El mundo de los animales es un mundo incesantemente dominado por el erotismo y por los deseos sexuales”. Si la ciudad es penumbrosa, los parques son la más negra oscuridad. Ahí, en los alrededores de La Plaza de la Revolución, con la cara del Che apenas iluminada, pero también en los parques de la Ciudad Deportiva, cerca del aeropuerto, el banquete dionisíaco encuentra su intimidad máxima. Incluso, a uno de esos parques se lo rebautizó Parque Jurásico, porque se destacan los gerontes que van a buscar aventuras sexuales: una costumbre ancestral que sigue viva como rito sensual del espíritu cubano. Arenas estaría orgulloso.

Diferente
Frank Padrón es crítico, escritor y conductor de un ciclo televisivo de cine. En los últimos años publicó libros recopilando su obra crítica, y también pudo editar la serie de relatos homoeróticos Eros-iones (2001). Desde mayo de este año también es el director del cineclub Diferente, nombre que recuerda a la película española de Luis María Delgado, primera producción que aborda el tema gay durante el franquismo. Dedicado a la relación del cine y la diversidad sexual, el cineclub fue creado con el apoyo del Centro Nacional de Educación Sexual (Cenesex) durante las jornadas alrededor del 17 de mayo de 2007, Día Internacional Contra la Homofobia. Pero recién durante 2008 el cineclub se convirtió en una actividad con regularidad mensual, la única orientada a las personas glttbi en Cuba, que se volvió relevante porque en los debates que siguen a las películas se visibilizaron muchas personas, entre ellos muchos funcionarios culturales, según explicó Padrón. Diferente expande durante el año las funciones del Festival de Cine de La Habana, que históricamente es una zona liberada para la programación de películas que no pasan por ninguna censura, y donde las de temática glttbi son los hits instantáneos de boletería.

Esta actividad cineclubista es posible gracias a la aprobación y el apoyo de Mariela Castro Espín, hija de Vilma Espín y Raúl Castro, y directora del Cenesex, quien apoya iniciativas contra la homofobia, pero todavía se encuentra con mucha resistencia, enfrentándose con las concepciones machistas que subsisten en la sociedad cubana. En principio, un problema mayor es la poca o casi nula visibilidad de las lesbianas, que incluso enfrentan el problema de la subsistencia como parejas porque, a diferencia de los gays, todavía está mal visto que dos mujeres vivan juntas (además de que la visibilidad lésbica en los medios es casi nula, la primera película cubana sobre un tema lésbico es el mediometraje Leo y Julita, filmada recién en 2004 por Ana-María Reyes Sánchez). Igualmente, Mariela Castro persiste con sus ideas en relación con la diversidad sexual: este año están previstas y autorizadas las primeras operaciones de reasignación sexual en la isla, realizadas por médicos locales que fueron instruidos por especialistas belgas. La situación trans está cambiando un poco: algunas travestis pueden optar por otros trabajos sin estar obligadas a la prostitución, como muestra el documental Ella trabaja de Jesús Miguel Hernández Bach. Incluso, Kirian se convirtió en una actriz que encuentra de a poco su camino, actuando en varias películas y empezando a ocupar un lugar destacado en la cultura habanera.

Aunque todavía en un estado embrionario, el proyecto más arriesgado de Mariela Castro es tratar de lograr, como dijo en una entrevista reciente a una radio de Miami, que “en las uniones consensuales de homosexuales se tengan los mismos derechos que en la de los heterosexuales, en vez de hablar de matrimonio estamos hablando de unión legal”. Sería casi un milagro que Cuba sea el primer país latinoamericano que lo logre.

Trilogía Cubana
Xavier-Daniel Gómez Vila es catalán, crítico y cineasta, y fue uno de los tantos exiliados políticos en Francia durante el franquismo. Su primer viaje a La Habana fue en 1998, para asistir al Festival de Cine de La Habana. En la puerta de un sala, mientras esperaba una función de Dioses y monstruos, película sobre la vida del director gay James Whale, conoció a un joven cubano estudiante de cine, Alejandro Viera. Se enamoraron de inmediato, pero Alejandro estaba en pareja y las distancias no hacían las cosas fáciles. Los años y una larga relación epistolar algo accidentada, con cartas que nunca llegaban, hicieron que se pudieran juntar en Cataluña gracias a una beca de estudio de Alejandro. Y hoy juntos forman un matrimonio con tres años de casados gracias a la Ley Zapatero. Y aunque viven en un pueblo de 40 habitantes entre las montañas, y no tienen al alcance los beneficios de las grandes ciudades, Alejandro no piensa volver a Cuba; de hecho, cuando visita a su familia apenas puede tolerar por unos días el panorama desolador de su país. Xavier y Alejandro, además, en sus vueltas a Cuba empezaron a filmar secretamente, entre 2000 y 2003, una trilogía documental sobre la diversidad sexual en la isla. La primera entrega se basaba en Gladys, la madre de Alejandro, que cuando su hijo le dijo que era gay, ella le reveló que era lesbiana: un raro caso de doble salida del closet. La posibilidad de encontrar lesbianas en Cuba que estén dispuesta a hablar frente a cámara es muy difícil y éste es uno de los pocos documentales que lo lograron. Xavier comenta, además, que a él le hubiese gustado que su propia madre fuese lesbiana, pero ahora, por lo menos, tiene una suegra lesbiana. La segunda entrega de la trilogía estuvo dedicada a la santería, importante en la tradición cultural cubana, en un documental que descubre que la homosexualidad es muy importante en la fundación de la santería isleña. Y el tercer testimonio documental está dedicado a Omar, un bailarín de 82 años que fue encarcelado (falsamente) por corrupción de menores, como excusa para castigar su visibilidad homosexual, delatando el funcionamiento homofóbico de la justicia. Filmada como necesidad personal del director Xavier y su guionista Alejandro, con el fin de retratar un entorno cultural muy oculto, al mismo tiempo que intenta buscar las raíces y las formas de subsistencia de la diversidad, esta trilogía debería ser enriquecedora para la cultura cubana. Sin embargo, está prohibida en Cuba, nunca pudo exhibirse públicamente, y señala cómo la censura oficial sigue tratando de limitar el acceso a la verdadera diversidad cultural de los habitantes de la isla.