2009/11/26

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  • Munilla: espiritualidad y antinacionalismo
  • Su designación como obispo de San Sebastián es como arrojar al fuego líquido inflamable
  • El País, 2009-11-26 # Juan José Tamayo . Director de la Cátedra de Teología y Ciencias de las Religiones de la Universidad Carlos III. Su última obra es “La teología de la liberación en el nuevo escenario político y religioso” (Tirant Lo Blanc, 2009).
El nombramiento de monseñor Munilla como obispo de San Sebastián se sitúa dentro de la lógica de la cúpula de la Iglesia católica, organización antidemocrática y fuertemente jerarquizada, en la que todo el poder y todos los poderes son detentados y controlados por una sola persona, el Papa. A la hora de elegir a sus representantes en las iglesias locales, los nombramientos -que no elecciones- recaen en personas de probada ortodoxia doctrinal, de indubitable obediencia al pontífice, así como de reproducción ideológica de la institución eclesiástica y de la estructura centralista de la Iglesia católica.

Esto es precisamente lo que ha sucedido con el nombramiento de monseñor Munilla, hasta ahora obispo de Palencia, para regir los destinos religiosos -¿y políticos?- de la diócesis de San Sebastián, liderada durante la última década por monseñor Uriarte, nacionalista confeso y convicto y teológicamente conservador, como ha demostrado en varias ocasiones prohibiendo a teólogos críticos intervenir en los espacios eclesiásticos controlados por él. Éste ha sido mi caso y el de otros colegas, que en la provincia de San Sebastián sólo podemos intervenir en los foros laicos que no caen bajo la jurisdicción de Uriarte.

Sinceramente, no entiendo la sorpresa y el malestar que ha provocado el nombramiento en el mundo político y eclesiástico, sobre todo en sectores nacionalistas y en ambientes católicos progresistas. ¿Qué esperaban? ¿Que el conservador Benedicto XVI, asesorado por los cardenales fieles al Vaticano Rouco Varela y Cañizares, pusiera los ojos en un obispo crítico, dialogante y con espíritu de reconciliación? Sería como pedir peras al olmo. Es una muestra más del idealismo y del voluntarismo que caracteriza a no pocos grupos políticos y religiosos. La jerarquía católica española, deben saberlo, está hoy enrocada en posiciones religiosas, éticas y políticas de trinchera contra el nacionalismo, el laicismo, la teoría de género y todo lo que se mueva en dirección a una sociedad plural.

El propio obispo saliente de San Sebastián, monseñor Uriarte -quien negoció su sucesión, con poca fortuna, a la vista de la imposición de un obispo que no respondía al perfil trazado por él ante las autoridades del Vaticano-, se ha rendido a la evidencia y, tras conocer el nombramiento, ha definido al nuevo obispo donostiarra como una persona de espiritualidad y ha pedido a los sacerdotes y feligreses de la diócesis que acepten y obedezcan al nuevo obispo.

Pero no ha dicho, no lo podía decir, aunque lo conoce por experiencia, que monseñor Munilla es uno de los representantes más pertinaces del sector conservador de la Iglesia católica española con inclinaciones integristas. Así lo ha demostrado en sus pastorales y, muy recientemente, al declarar cómplices de asesinato a quienes voten a favor de la futura ley del aborto. Lo que significa calificar de asesinos a más de la mitad de los diputados y senadores de las Cortes españolas y a quienes los han votado, más de 23 millones de españoles. Su mandato episcopal no puede comenzar de manera más beligerante. Pero eso sólo lo podemos decir quienes estamos fuera de la cadena de mando de la jerarquía eclesiástica y anteponemos la libertad de opinión y de expresión a la ciega obediencia eclesiástica. No pocos obispos, incluido el saliente de San Sebastián, han expresado en privado su desacuerdo con tal nombramiento, pero no pueden hacerlo públicamente por no romper la unidad del episcopado (eso dicen), y por miedo a represalias de Roma (eso no lo dicen).

Monseñor Munilla es, además, un antinacionalista confeso y convicto, como ha demostrado primero como sacerdote en Zumárraga y luego como obispo en Palencia. Con esa actitud anti, muy poco o nada va a poder contribuir a la construcción de una Iglesia sensible a la identidad cultural y, menos aún, a tender puentes con el nacionalismo, ideología y práctica políticas que comparten muchos católicos donostiarras. Auguro -ojalá me equivoque- que no habrá que esperar mucho tiempo para, pasado el tiempo de las declaraciones protocolarias y religiosamente correctas, escuchar sus ataques al nacionalismo político en la línea del documento de la Conferencia Episcopal de 2002, de claro matiz nacional y antinacionalista, aprobado sin el apoyo de la mayoría de los obispos catalanes y vascos.

Si éticamente condena a más de la mitad de la población española, si políticamente choca con un amplio sector de los ciudadanos y ciudadanas vascos, si religiosamente no es capaz de sintonizar con los sectores más abiertos de la Iglesia católica de la diócesis de San Sebastián, el conflicto multidireccional, que ya vive la sociedad vasca, lejos de resolverse, se agudizará. ¿Dónde queda la función reconciliadora que siempre se ha arrogado la Iglesia católica? El nombramiento de monseñor Munilla como prelado de San Sebastián va a tener un efecto similar al del líquido inflamable que se arroja al fuego para que se extienda más todavía. ¡Otra ocasión perdida!

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