2009/05/08

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  • La sociedad terapéutica
  • El Diario Vasco, 2009-05-08 # Santiago Eraso
Judith Butler, en su último libro traducido al castellano –“Vida Precaria”-, nos indica que después de los atentados del 11 de Septiembre de 2001 contra la Torres Gemelas de Nueva York el mundo se transformó. Los Estados aumentaron el discurso proteccionista, los nacionalismos reafirmaron sus posiciones, se extendieron los mecanismos de vigilancia, se suspendieron muchos derechos y se desarrollaron todo tipo de formas explícitas e implícitas de autoritarismo.

En la certeza de que todos éramos objetivo militar, nuestra vulnerabilidad quedó expuesta y en consecuencia aceptamos que, de alguna manera, nuestro miedo fuera gestionado o regulado por el nuevo orden internacional. Pasamos a ser objeto del terror pero, a la vez, sujetos sospechosos y, por tanto, cualquier norma de seguridad se imponía a nuestra libertad: el control total de nuestras vidas.

Las medidas de vigilancia que se establecieron desde entonces en los aeropuertos son tan solo una muestra de esa estrategia de protección y control. A la vez, han surgido por doquier múltiples formas de internamiento, que se utilizan para segregar a los “extraños” y garantizar que su circulación quede intervenida en función de su condición equívoca, enferma o anómala.

La gripe porcina nos ha vuelto a instalar en la alarma internacional. La directora general de la OMS nos aseguró hace unos días en una afirmación atrevida que todavía no había llegado el fin del mundo. Antes fueron el virus VIH, causante del sida, el Ébola o el “mal de las vacas locas”. En este sentido, la metáfora vírica es la más adecuada para representar ese miedo global. La forma de transmisión más eficaz para mostrar la vulnerabilidad del mundo y, por tanto, para instaurar la cultura terapéutica como la institución de un nuevo régimen de control social. Esta nueva forma de organización mundial, con sus mascarillas protectoras, controles ciudadanos, encierros, aislamientos y cuarentenas, pone a funcionar un dispositivo de vigilancia, en cierto modo coercitivo, pero que no necesita del castigo porque se basa en el cultivo de la propia impotencia, en un mundo percibido como creciente amenaza.

La incertidumbre y la inseguridad exponen al individuo a sus múltiples carencias y lo sitúan como objeto de innumerables peligros. Marina Garcés señala este miedo como la principal arma de la sociedad terapéutica: el miedo que nos tenemos a nosotros mismos cuando no seguimos las pautas que nos ofrecen los terapeutas, en todas sus formas y acepciones.

La categoría de biopoder fue descrita por el filósofo Foucault como la estrategia mediante la cual el poder se hace cargo de la vida para garantizar la plena regulación de nuestra seguridad, siempre con la finalidad de garantizar la disciplina y, por tanto, aumentar la productividad. Se trata de sujetar la vida para no liberarla, de gestionar su equilibrio precario para no cambiarla. Es el triunfo de la autolimitación que, por supuesto, no nos invita a transformar el mundo sino simplemente a sobrevivir.

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