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2009/11/23

> Berria: Intersexualitatea > "PRIMERO TUVE QUE ENTENDER MI CUERPO PARA PODER ENTENDER MI SEXUALIDAD"


  • "Primero tuve que entender mi cuerpo para poder entender mi sexualidad"
  • Gabriel descubrió que era un chico a los 16 años. Los médicos confundieron los genitales de Gabriel Martín al nacer. Hasta su adolescencia pensaron que era una chica. "Es un problema bastante común. Lo sufre un 1% de la población en algún grado".
  • 20 Minutos, 2009-11-23 # Maica López
Desde pequeña, Patricia sabía que algo no iba bien. Tenía que soportar que compañeros de clase la calificaran de "machote" y que profesores la confundieran con un chico. Ella se divertía más jugando con los geyperman de su amigo Juan que con las muñecas que le regalaban.

Al nacer, en 1971, los médicos no creyeron necesario hacerle ninguna prueba ante la evidencia de que era una niña: parecía que tenía vulva. Pero Patricia descubrió a los 16 años que era un chico. Y pasó a llamarse Gabriel.

Por algún problema de la gestación, no se desarrolló el pene y los testículos le quedaron ocultos en las ingles. Nació con un DSD (desajuste en el desarrollo sexual), la "intersexualidad" (antes conocidos como hermafroditas).

Bastante común
Gabriel Martín, psicólogo e intersexual varón. Descubrió que era hombre por su tesón. "Desde pequeño sabía que algo no iba bien, pero con la adolescencia todo se acentuó. Me salió vello, se me desarrolló el pene...", recuerda. Y empezó a investigar, buscando una explicación a lo que le pasaba. Encontró la respuesta "en El libro de la vida sexual, de López-Ibor, una obra retrógrada que me dio una idea".

Los análisis del endocrino confirmaron que era un hombre. A partir de entonces, redefinió su vida. En el instituto le empezaron a tratar como un chico, rectificaron su nombre en los documentos... "Encontré comprensión", afirma.

Su historia fue más allá: a los 23 años descubrió que era gay. "Primero tuve que entender mi cuerpo para entender mi sexualidad", relata. Asegura que "fue un trauma. Mi vida era una mezcla". Pero eso quedó atrás. Ahora, entre risas, dice que ha salido "tres veces del armario". Cuando descubrió que era un hombre, cuando lo explicó y con su homosexualidad.

Ayuda a los familiares
"En casos así te encuentras con la soledad más absoluta. Nunca, nada, nadie. Son las tres palabras que definen la situación", afirma Gabriel. Como psicólogo e intersexual, es uno de los grandes entendidos en la materia y ayuda a personas que padecen DSD y a sus familiares a superar esta situación desde su trabajo en la Coordinadora Gai-Lesbiana de Barcelona.

Es uno de los ponentes que participarán en la conferencia mundial que organiza la International Lesbian and Gay Associaton en Río de Janeiro en 2010.

2009/11/20

> Artikulua: Mauro Cabral > DIFERENCIAS AMBIGUAS

  • Diferencias ambiguas
  • A propósito del estreno de “El último verano de la boyita”
  • Página 12, Soy, 2009-11-20 # Mauro Cabral
La intersexualidad ha estado históricamente asociada a la ambigüedad sexual, pero ¿y si en lugar de nombrar cuerpos sexuados diferentes se tratara de una palabra capaz de articular políticamente esa ambigüedad y esa diferencia? El cine argentino, con XXY –Lucía Puenzo– y ahora con El último verano de la boyita –Julia Solomonoff, estrenada la semana pasada– ya hizo foco, sin despegarse totalmente del discurso médico, en los cuerpos intersex. Revisar estas películas y otras emergencias culturales de la intersexualidad tal vez proporcione algunas claves para pronunciar de otro modo la indefinición radical de todos los sexos.

El encargo es más o menos el siguiente: una nota que dé cuenta, con claridad y pocas vueltas, de las representaciones culturales de la intersexualidad. Yo acepto, por supuesto... por supuesto y a sabiendas de que la claridad y las pocas vueltas son incompatibles con el tema en cuestión. Empecemos por el principio: por la palabra.

El modo más breve de definir la intersexualidad es aquel que conjuga, en una sola frase, la llamada ambigüedad sexual con su destino en Occidente –un destino que hasta nuestros días ha estado signado por la expropiación biomédica de la diversidad corporal–. De acuerdo con esa definición, las personas intersex somos quienes, habiendo nacido con un cuerpo sexuado que varía tanto del promedio masculino como del promedio femenino hemos experimentado las distintas consecuencias que depara esa variación en esta cultura: el estigma de la ambigüedad, es decir, el de tener dos sexos, uno incompleto, de no tener ninguno o de tener un tercero, así como las distintas tecnologías de normalización que nos hacen encarnar, en la medida de lo posible, uno solo y solo uno.

Esta definición plantea un problema inicial –ese que es, de momento, el problema en el que consiste la intersexualidad–. No hay manera de definir la ambigüedad sexual si no es en relación con una supuesta precisión de lo sexual, y a su también supuesta encarnación en los cuerpos sexuados promedio de hombres y mujeres. Es así como quedamos, por definición, eternamente obligados respecto de esos dos promedios corporales elevados al rango de ley: encarnarás la diferencia sexual, o no serás nada. Este mandato, sin embargo, no sólo es excesivo para nosotros, sino también para el resto... ¿O acaso ha nacido ya quien pueda encarnar, de manera total y absoluta, un único sexo preciso?

iii

La diversidad sexuada ha tenido una larga y accidentada historia en Occidente –asociada de manera inextricable a las distintas economías de lo monstruoso–. Para Michel Foucault se trata de una forma particular de monstruosidad, aquella que combina, a la vez, los órdenes de lo imposible y lo prohibido. Es así como hemos terminado adorados en altares y quemados en hogueras, arrojados al mar o al desierto, atravesados por estacas, penes, espadas y bisturíes, recibidos en el mundo como presagios de su buena –pero generalmente de su mala– fortuna. Nuestros cuerpos, impropios por definición, violan la ley de la naturaleza al afirmar que, en materia de diferencia sexual, lo imposible es posible, una violación que la ley de los hombres no perdona.

Los tiempos que nos tocan vivir son los del progresivo declive del monstruo y de la progresiva aparición del paciente intersex (por lo general pediátrico e, incluso, neonatal). Se nos agarra temprano, antes de que la ambigüedad sexual nos tome el cuerpo, la mente y el alma y nos arroje a morar entre los hombres y las mujeres. La medicalización extrema de nuestros cuerpos ha tenido, sin embargo, efectos paradójicos. Ambiguos como somos, ¿acaso podía ser de otra manera?

Tanto la inmediatez como la obligatoriedad de la intervención médica han terminado por (re)producir el monstruo al que buscaban olvidar. Muy pocas personas saben cómo se ve un cuerpo intersex no intervenido –y esa falta de comercio con la diversidad corporal desata justamente aquellos temores, fantasías y deseos que sólo produce la conjura deseante de lo monstruoso–. Ha sido justamente la experiencia de esa medicalización la que ha producido la intersexualidad como identidad –puesto que, claro está, nadie nace intersex, solo se llega a serlo... en un hospital–. La humanidad, condenada a encarnar los mismos cuerpos sexuados una y todas las veces, se ha convertido en una versión débil y feroz de sí misma –y ha convertido nuestra existencia en un ejemplo paradigmático de encarnizamiento terapéutico–. Y es que no hay dudas: las buenas intenciones producen monstruos, esa clase de monstruos capaces de cortar y coser los genitales de un niño o de una niña solo para evitarles el dolor de su diferencia futura.

iii

Hasta nuestros días la representación dominante de la intersexualidad es aquella que produce la medicina –no sólo a través de su vocabulario, sino también de sus imágenes–. ¿Quién no ha visto, alguna vez, una de esas fotografías en las que alguien, por lo general un niño o un adolescente, está parado desnudo, con los ojos cubiertos por un cuadrado negro o un círculo blanco, expuesto a la mirada que procura saber? ¿O los genitales abiertos de alguien que no aparece en la fotografía, señalados por un dedo médico que oficia, al mismo tiempo, de referencia? Más importante: ¿quién ha visto, alguna vez, alguna otra cosa?

La medicalización de la intersexualidad coloniza sin parar otros modos de representación. Un ejemplo: la sustitución de los cuerpos intersex por flores en algunas versiones gráficas, una operación representacional que no solo nos reinstala en la naturaleza, sino que además nos representa como frágiles, pasivos y esencialmente arrancables y exhibibles en un florero (o en algún otro frasco). Otro ejemplo: el sometimiento de cualquier ficción que involucre la intersexualidad al escrutinio de la medicina, una suerte de llamada al orden que advierte jugarás con cualquier cosa, excepto con la verdad del sexo (una llamada que recibió, por ejemplo, Lucía Puenzo, cuando se atrevió a malrepresentar un cuerpo intersex). Y uno más: el torso hermafrodita fotografiado por Del LaGrace Volcano y reproducido por todas partes ha sido intensamente criticado por no ser, precisamente, un torso hermafrodita.

A lo largo de su historia moderna y contemporánea la intersexualidad se ha constituido en uno de los anudamientos más poderosos entre sexualidad y patología –en tanto no ha dejado, ni por un minuto, de causarle a la heterosexualidad normativa uno de sus peores dolores de cabeza–. No hay heterosexual que resista la interrogación que produce uno de nosotros en el deseo... ni tampoco hay homosexual que resista (y allí están los ejemplos de Middlesex y XXY para probarlo). La estabilidad misma en la que se funda el binario hétero/homo se viene abajo si la diferencia sexual tambalea. Y es justamente esa promesa de desestabilización la que ha convertido a la intersexualidad en la mitología pasada y la esperanza futura de la emancipación queer. Esta elevación de la intersexualidad al rango de promesa encarnada ha tenido efectos más bien nefastos –puesto que en lugar de colaborar en la transformación de nuestro status de objetos médicos ha propiciado nuestro devenir objetos apropiados del contrasaber–. Y nunca falta quien cree, a pie juntillas, que para ser intersex es preciso haber leído a Judith Butler.

iii

Los últimos años de esta década han sido los de una intensa representación de la intersexualidad en los términos de una gestión de la diferencia. Hace rato que la pregunta por el poder en los orígenes de la distinción entre lo Mismo y lo Otro han dejado paso a la administración pública de las identidades –y los destinos– discretos. Ya no importa bajo el imperio de qué ley ni en el contexto de qué régimen político de la corporalidad hemos llegado a ser diferentes. El punto es que lo somos, y no vale la pena (nos dicen) ocuparse de desmantelar la matriz que nos diferencia. La aprobación en el año 2006 de un nuevo vocabulario para nombrarnos –consagrado en el documento conocido como Consenso de Chicago– está produciendo en todo el mundo una fuerte re-medicalización de la intersexualidad, descompuesta en un conjunto, bien preciso, de trastornos del desarrollo sexual. Esa amenaza cruel en la que consiste su incertidumbre parece ahora domesticada para siempre.

En fin. Veremos cuánto aguanta ahí encerrada, y yo apuesto a que bien poco –porque la verdad es que mal que le pese a la gente no hay palabra en el mundo que pueda cumplir con ese encargo–.

El sex appeal de lo imposible

Soy un judío de Córdoba; como cada año, el espíritu navideño que invade progresivamente esta ciudad calurosa y polvorienta me mueve, sin embargo e indefectiblemente, al deseo. Y, como cada año, como no podría ser de otro modo, el regreso de las fiestas me mueve al deseo por lo imposible. Peor aún: al deseo por aquello que, siendo hoy claramente imposible, fue posible allá por algún pasado. Para estas navidades yo desearía, por ejemplo, recibir de regalo unas antiguas vacaciones de la escuela primaria, uno de esos veranos interminables que comenzaban apenas finalizado noviembre y terminaban recién en marzo.

iii

El último verano de la boyita acaba de estrenarse en el circuito comercial de Buenos Aires –justo ahora, cuando empiezan a desperezarse los calores, es decir: justo a tiempo–.

La película de Julia Solomonoff despliega con belleza y sencillez una trama que es, también, bella y sencilla. Ese despliegue cinematográfico está sostenido y tensado por una indudable semántica estival –¿acaso no es larga siesta de verano uno de los sinónimos perfectos de secreto?– y una economía singular del develamiento –si la sexualidad es el íntimo secreto de verano, la intersexualidad, está visto, es la madre portentosa de todas las tormentas–.

iii

El último verano de la boyita y XXY –dirigida por Lucía Puenzo– son películas ciertamente diferentes. A pesar de esas diferencias, en una y otra la intersexualidad es (re)producida a través de ciertas insistencias. O, podríamos decir, a través de ciertos parecidos de familia que hablan, a las claras, de las encarnaciones presentes de la intersexualidad. No se trata, como podría pensarse, de semejanzas entre ambas películas sino, justamente, de ese entre en el que parece consistir la intersexualidad y que hace posible aquello que narran.

Hay un animal en el comienzo de El último verano..., así como lo hay en el comienzo de XXY. En un caso se trata de un caballo, que se debate contra las sogas que lo sujetan y los hombres que tiran de las sogas; en el otro caso se trata de una tortuga, que ha llegado hasta una mesa de examinación. En ambas películas, está visto, los animales no son sólo los portadores materiales y simbólicos de la otredad, sino también del sometimiento bajo el cual se les brinda alguna hospitalidad entre los humanos, ellos y ellas.

XXY transcurre en un paraje situado en el retiro de una playa uruguaya. El último verano... transcurre, en su mayor parte, en las lejanías de la pampa entrerriana. Podría decirse, por supuesto, que ambos lugares son el aquí de quienes los habitan y, por tanto, no pueden ser definidos a priori como geografías de la distancia. En ambos casos, sin embargo, y de acuerdo con el movimiento interior a cada narración, a esos lugares se llega y de esos lugares también se parte. Más aún: es en esos lugares –y no en otros– donde mora lo extraño, tan distante de esas ciudades donde nacen, crecen y se reproducen los hombres y las mujeres. El agua es consustancial a ambos entramados narrativos, y los personajes se sumergen una y otra vez, escapando de ese mundo cruel y terrestre en el que imperan los bípedos.

Ambas películas son historias de iniciación sexual –comprendida, a la manera de Foucault, como historias de iniciación en el ejercicio sexual del sí misma o del sí mismo–. Ese ritual iniciático tiene su punto cúlmine en el encuentro con la encarnación misma de la otredad sexual (esa que, de tan otra, devuelve el reflejo invertido de lo mismo). El verbo devenir se conjuga en ambas del mismo modo diferencial: los iniciados son aquellos –el adolescente, la niña– que se enfrentan a la intersexualidad, de pronto y en medio de la nada, aquellos que son tomados y rehechos por el paso de la intersexualidad por su cuerpo. Los personajes intersex de ambas películas son iniciados en un ritual distinto, y su devenir es, como ellos mismos, otro: el suyo es devenir literal de aquello que siempre fueron.

El carácter relativamente estático de los personajes intersex –fijados a la trama por la costura del diagnóstico– reconoce, no obstante, un movimiento peculiar, a la vez subjetivo y objetivo. Podríamos llamar a ese movimiento la asunción de la verdad. O, mejor: de la verdad, que no es otra que el supuesto real del cuerpo. En una y otra película hay un momento crucial de autorreconocimiento, de encarnación verdadera –aunque se trate de una verdad impronunciable en la lengua–. La singularidad no deja de ser paradójica: si algo desmiente la intersexualidad es la posibilidad misma de una verdad una.

La persistencia de lo literal no es una casualidad, sino el resultado obvio de la imposibilidad de prescindir, siquiera en el terreno de la ficción cinematográfica, de la definición medicalizada de la intersexualidad. Y si existiera, acaso, la posibilidad de una poética rebelde a la reducción permanente al diagnóstico, ambas directoras se han encargado de precisar, en distintas entrevistas, cuál es el síndrome que aqueja a cada una de sus criaturas intersexuadas. Y no se trata de rehuirle al diagnóstico, materialización frecuente de nuestras biografías, sino de atreverse a afirmar, siquiera por una vez, la cualidad esencialmente narrativa de todo y cualquier diagnóstico. ¿De qué otro modo sería posible diagnosticar a personajes de ficción?

Ni El último verano... ni XXY permiten vislumbrar aquello que, en un cuerpo sexuado, sería evidencia indubitable de intersexualidad. Hay ciertos indicios, por supuesto: pastillas, sangre, alguien que mira entre las piernas y declara que hay dos, una venda que aprieta el pecho. Y hay otros indicios. A diferencia del resto de los personajes de ambas películas, los personajes intersex de una y otra hablan y se mueven de un modo singular. Nadie podría decir, a buenas y primeras, que eso que los distingue pertenece al orden de la así llamada ambigüedad sexual; pero, vamos, algo les pasa, algo de su rareza genital se cuela en su manera de pronunciar las palabras, mover las manos, balancear el cuerpo. Son de otra parte, se dirá. Justamente.

Las dos películas muestran formas librescas de la intersexualidad. Hay libros de medicina en una y otra, y los personajes buscan y se buscan entre sus páginas. El único saber disponible en esas lejanías es el más tradicional de todos –ese saber médico que llega a chicos y grandes a través de la autoridad de la palabra escrita–. Se trata, evidentemente, de una intersexualidad de libro. A lo largo de ambos recorridos argumentales se traza una relación fascinante entre la reproducción gráfica y escrita de aquel saber y los cuerpos intersex vividos: el carácter iniciático de esos cuerpos, fundado en su correspondencia con las imágenes y las palabras impresas, sólo puede mantenerse si se trata de cuerpos no intervenidos quirúrgicamente. Los manuales de medicina no dan cuenta de nuestras historias, y el sex appeal de la cicatriz aún necesita que se filme su propia película.

A la luz de esta extrañeza –allí donde lo extraño no es la intersexualidad, sino la integridad del cuerpo– el emplazamiento en una geografía distante comienza a perder su carácter de recurso narrativo para convertirse en una condición de posibilidad... de la supervivencia. La verosimilitud de las futuras ficciones urbanas de la intersexualidad, si alguna vez llegan a existir, requerirá de la modificación radical de esas condiciones. Tanto XXY como El último verano de la boyita dejan sentir el llamado insistente de ese imperativo.

iii

Mi abuelo José Siriczman era visitador médico. En su biblioteca había centenares de libros y, entre todos ellos, sobresalían unos gruesos volúmenes verdes y negros. Eran unas revistas tituladas MD. Medicina y Humanidades, que mi abuelo había coleccionado durante años, y encuadernado. Cada una de esas revistas incluía largas notas, ilustradas, de historia de la medicina, de filosofía, de literatura, y abundaban las reproducciones de obras de arte. Mi abuelo había recortado una de esas reproducciones, la había enmarcado y adornaba una de las paredes de la habitación donde jugaba solo al ajedrez, leía y dormía. Era un Quijote, montado, azul y solo, con la firma de Honoré Daumier.

Ese Quijote está ahora en mi estudio, frente a la silla en la que me siento para escribir. Debajo de su figura de yelmo y lanza enhiesta hay una cita tomada del libro, una frase que dice lo mismo que yo, judío hermafrodita de Córdoba, deseo y deseo: Abrid camino, señores míos, y dejadme volver a mi antigua libertad.

2009/11/13

> Berria: Trans > INDIA: LAS PERSONAS TRANSEXUALES E INTERSEXUALES PODRAN IDENTIFICARSE COMO UN "TERCER SEXO"

  • Las personas transexuales e intersexuales de la India podrán identificarse como un “tercer sexo” en los formularios de voto
  • Dos Manzanas, 2009-11-13 # Flick
Las personas transexuales e intersexuales de la India podrán elegir identificarse como una categoría separada de los sexos masculino y femenino en los formularios de registro electoral, un documento de gran importancia en un país como India, de más mil millones de habitantes, con dificultades para censar a su población y que exige el registro oficial como votante para poder ejercer ese derecho.

La categoría “O” (”others”) se añadirá de esa forma a la documentación electoral. La elección de esa tercera categoría será voluntaria.

Se trata de una decisión que cabe entender en el contexto de tradiciones culturales como la india o la pakistaní, que recogen la figura de los “eunucos”, personas que desempeñan un rol de género distinto a los tradicionales masculino y femenino. En la actualidad el término designa fundamentalmente a mujeres transexuales, la mayoría de las cuales son discriminadas y se ven obligadas a vivir en la marginalidad. Hace unos meses dosmanzanas se hacía eco, precisamente, de una decisión de la Corte Suprema de Pakistán que suponía un cierto reconocimiento legal de dicha realidad.

2009/11/02

> Iritzia: Kim Pérez > ¿TRANSEXUALES O INTERSEXUALES?

  • ¿Transexuales o intersexuales?
  • Diario Digital Transexual Carla Antonelli, 2009-11-02 # Kim Pérez
Lynn Conway ha escrito un magnífico artículo, verdaderamente magnífico, “Género, información básica”, en el que compendia lo más esencial y práctico de lo que se sabe hoy sobre intersexualidad y sobre transexualidad, y que se puede encontrar en castellano en el sitio de la OII, Organización Intersexual Internacional.

Estando de acuerdo con ella en lo principal, voy a desarrollar y matizar el apartado final de este artículo, la parte dedicada a la transexualidad.

La idea central de Conway es la siguiente. Parte del terrible error en que cayó John Money, que creía que la identidad de género se fundaba en el condicionamiento social, y que fue corregido en la teoría por Milton Diamond y en la práctica por la historia del niño al que se pretendió transformar en niña después de un fallo médico y que nunca se adaptó.

Con estos datos y los relativos a las investigaciones sobre la BSTc del cerebro, Conway llega a la conclusión de que la identidad de género está biológicamente determinada por estructuras cerebrales que, a su vez, pueden estar más o menos definidas (Más o menos: entramos en un conjunto difuso)

Con otras palabras, que añado yo: si el cerebro de una persona XX está masculinizado y el de una persona XY está feminizado, esto corresponde exactamente a lo que se llama intersexualidad en otras partes del cuerpo, y por tanto se trata de una intersexualidad.

Pero estamos hablando del cerebro, y por tanto del órgano de la consciencia. La persona intersexual cerebral se percibe a sí misma con arreglo a la forma de ese cerebro, y también con arreglo a lo que ese cerebro ha recibido de su ambiente, que es lo que llamamos su cultura.

Puede ser que la forma interior del cerebro sea muy definidamente femenina, y entonces, esa persona se entenderá como mujer; o masculina, y como hombre; o ambigua, y se sentirá una persona ambigua, independientemente de la forma del resto del cuerpo.

Ése es el fundamento de la transexualidad, que es por tanto en el fondo una intersexualidad.

Pero hay otro matiz, que afecta a las personas que nos sentimos ambiguas. Como nuestra cultura es binarista y acepta sólo la existencia de hombres y de mujeres, no deja un sitio para nosotras, lo que hace que si no nos entendemos como hombres, creamos que tenemos que entendernos como mujeres, y si no podemos comprendernos como mujeres, creamos que tenemos que comprendernos como hombres.

Y entonces, esto no funciona. Pero no es culpa nuestra, sino de las representaciones de nuestra cultura, que está limitada por el binarismo. Si en ella hubiera sitio, respetado y reconocido, para nuestras ambigüedades, muchas habríamos escogido vivir conforme a ellas por respetar mejor nuestra naturaleza.

Por otra parte, es verdad que muchas personas ambiguas, o la mayoría, se adaptan bien a su sexo asignado, y funcionan razonablemente en conformidad con él. Aquí es donde entran las variantes biográficas, los sucesos de tu vida, los amores o los golpes, que pueden hacer que te integres en el sexo asignado o que, por el contrario, no ajustes en él. Por tanto, por esas razones biográficas, puede haber personas ambiguas que no sean transexuales y otras que lo sean.

Vemos por consiguiente que no sólo hay un condicionamiento biologico, sino a continuación de él, otro biográfico. Los dos. Superpuestos, por lo menos en algunas de nuestras historias.

Esto es todo lo que puedo decir en relación con las actuales teorías sobre la homosexualidad y algunas teorías feministas, que rechazan rotundamente cualquier condicionamiento biologicista y ponen en primerísimo lugar la contracultura, la voluntad, la libertad de opción, etcétera.

Por lo menos, puedo dar fe de que en muchos casos de transexualidad, esto no funciona porque no explica suficientemente nuestras historias. En cambio, puedo atestiguar la tranquilidad y la paz que se sienten al leer estas hipótesis de intersexualidad cerebral, al aplicarlas a lo que sabemos de nuestra historia, y al decirnos: “Esto es lo mío; esto es lo que lo explica todo” (o casi todo)

Quizá en el caso de los y las homosexuales y de las feministas a las que me refiero esto no sea así, pero las y los transexuales debemos buscar explicaciones propias y que nos sirvan, independientemente de las que sean válidas para otras situaciones.

Puede ser útil ordenar todo lo que se ha dicho, para situarse mejor:

-Todas o casi todas (hay que pensar en excepciones) las personas transexuales somos personas intersexuales en cuanto a la concordancia cerebro/ resto del cuerpo.

-Algunas personas transexuales son tan definidas cerebralmente, que su identidad de género es de mujer o de hombre.

-Algunas personas transexuales son indefinidas cerebralmente, por lo que su identidad de género es ambigua.

-Algunas personas indefinidas cerebralmente, se adaptan por razones biográficas a una identidad de género como hombre o como mujer (transexual o sin cambios)

En todo esto, no hay patología ninguna. La intersexualidad no es patológica, sino que entra dentro de los ensayos y variaciones continuas de la naturaleza, que tienden hacia una adaptación mejor. Las abejas, por ejemplo, son una especie en la que la mayoría puede considerarse intersexual.

La intersexualidad y la transexualidad, por tanto, deben considerarse procesos dinámicos de desajuste con lo dado que pueden conducir a un ajuste o adaptación mejor.

2009/10/17

> Iritzia: Laura Luisa Ruiz / Shira Cuesta . EHGAM > EN NUESTRAS MANOS

  • En nuestras manos
  • Noticias de Alava, 2009-10-17 # Laura Luisa Ruiz / Shira Cuesta . EHGAM
Recientemente encontramos un librito, muy claro, impreso en colores, con letras grandes y atractivas y dibujos que mejor no describir sobre unos talleres organizados por el Ayuntamiento de Gasteiz "solo para hombres"; últimamente cada vez con más frecuencia nos llega información sobre actividades e iniciativas destinadas a "hombres", a masculinos, desde instituciones o grupos de ciudadanos. Iniciativas pseudo ciudadanas que inciden clamorosamente en el binomio hombre - mujer, ese binomio construido en base nuestros genitales. Pero ¡ay! de esos médicos que descubren que la criatura que acaba de nacer no cuadra a la perfección con el canon de niño o niña: ¿serán unos testículos que no han bajado?, ¿será un clítoris grande? Solución, tajo aquí tajo allá y arreglado, ustedes acaban de tener una niña, ya le hemos cortado todo lo que le sobra. Una "niña" con sus genitales mutilados que crecerá a buen seguro rodeada de médicos, psiquiatras, píldoras, bisturís (...). Ese binomio es utilizado también para impedir que Nekane sea Aitor o Miren sea Garikoitz, no sin que antes le haya dado permiso un psiquiatra, le haya declarado enferma y le haya recetado las correspondientes hormonas para que su cuerpo y su nombre "no induzcan a error sobre su sexo" (Art. 54. ley de registro civil). La operación llegara 5 años después.

Las reivindicaciones son, entre otras, que a ningún recién nacido se le mutilen sus genitales, que dejemos que crezcan en función de lo que quieran ser. Que la mención del sexo sea retirado de los documentos oficiales como el DNI, porque a las autoridades no les importa si Nekane tiene pene, Aitor tiene vagina o al revés, porque el nombre no puede obligar a que tengamos que hormonarnos ni a pasar por el quirófano. Por todo esto y por más nos parece que seguir incidiendo en esa masculinidad moderna es un error que hace pagar con mucho sufrimiento al colectivo trans e intersex. Las personas transexuales e intersexuales no son enfermas sino que son enfermadas por ese binomio construido por las instituciones gubernamentales motivadas por intereses estatales, religiosos, económicos y políticos.

Un binomio en base a una igualdad, entre iguales, entre quienes son iguales a la heteronorma, en definitiva al heterosistema. Pero es que nosotras, cada una de nosotras, independientemente de lo que tengamos entre las piernas no somos iguales ante esa norma, reivindicamos nuestra desigualdad, en una sociedad con un mestizaje que va mucho mas allá del cultural (...)

Hoy nuestra ciudad se va a ver inmersa en una campaña a nivel internacional a favor de la despatologización trans, a favor de que todas las personas trans tenga acceso a cualquier puesto de trabajo, a favor de que lxs niñxs intersexuales no sufran la mutilación de sus genitales, a favor del asilo político a lxs migrantes transexuales, a favor de que cada unx pueda cambiarse su nombre de los documentos oficiales sin necesidad de hormonación y operación, en definitiva a favor de que cada unx sea lo que quiera ser y que la decisión este en sus manos. Por todo ello nos sumamos a la concentración convocada por la red internacional de despatologización trans e intersex que tendrá lugar a las 18.00 horas en la Virgen Blanca.

2009/10/10

> Berria: Kirolak > ATLETISMO: INSTRUMENTARAN NUEVO METODO DE CONTROL DEL SEXO

  • Atletismo: instrumentarán nuevo método de control del sexo
  • Ansa, 2009-10-10 # Copenhague
La Federación Internacional de Atletismo (IAAF) estudiará desde la semana próxima criterios para establecer un método que permita determinar con exactitud el sexo de los competidores, como consecuencia del caso Semenya.

La comisión Médica y la Jurídica de la IAAF debatirán el asunto en sus próximas reuniones y se calcula que habrá una definición antes de fin de año, indicó hoy el secretario general de la IAAF, Pierre Weiss.

"Les pregunté a otras federaciones por una definición clara del sexo y ninguna la tenía, pero nadie había tenido un problema semejante", comentó el dirigente.

El caso de la atleta sudafricana Caster Semenya estalló semanas atrás cuando se consagró en los 800 metros del Mundial de Berlín.

La superioridad de Semenya puso en duda su femineidad y estudios médicos comprobaron que es hermafrodita, con órganos masculinos en el interior de su organismo.

2009/09/23

> Berria: Kirolak > ATLETA INDIA HERMAFRODITA APOYA EN SU DOLOR A CASTER SEMENYA

  • Atleta india hermafrodita apoya en su dolor a Caster Semenya
  • Ojalá no pase por lo que yo viví", aseguró Santhi Soundarajan, velocista que perdió su medalla por no pasar un test de género
  • Globedia, 2009-09-23
Si hay alguien que puede entender la difícil situación que ha tenido que vivir la velocista sudafricana Caster Semenya ante las dudas sobre su género, esa es la atleta india Santhi Soundarajan, quien perdió una medalla de plata en 2006 por no pasar un test para determinar su sexo.

Soundarajan tuvo que devolver su presea tras fallar un examen de sexo al terminar segunda en los 800 metros de los Juegos de Asia en 2006, situación similar a la que vive hoy Semenya ante las dudas de la IAAF tras el oro que ganó en la misma prueba, pero en el Mundial de Berlín de este año.

"Rezo para que Semenya no tenga que pasar por lo que yo tuve que vivir, lo que casi me llevó a cometer suicidio", relató la atleta india, refiriéndose a la fuerte depresión que vivió tras el mencionado episodio.

"He sufrido enormemente con el estigma de no haber pasado el test de género", agregó Soundarajan quien padece el Síndrome de Insensibilidad Andrógina por lo que no puede competir con mujeres, pese a presentar rasgos sexuales femeninos.

La historia de la ex velocista india ha sido particularmente dura, puesto que tras perder la medalla debió retirarse del atletismo y encontrar un trabajo que con suerte le alcanza para alimentarse, además de lidiar con el desprecio de sus compatriotas.

"No puedo olvidar lo que he tenido que pasar después de que me quitaron la medalla de los Juegos Asiáticos. Vengo de una familia pobre y nadie quería darme un trabajo. Toda mi familia sufría, y la gente me miraba con ojos enjuiciadores, y me trataban como tramposa", confesó muy afectada.

Finalmente la ex velocista, que hoy en día trabaja ligada a la formación de nuevos talentos el atletismo indio, le deseó suerte a la sudafricana: "No conozco mucho sobre las condiciones económicas de la familia de Semenya, pero sólo espero que en esta situación no pierda su corazón".

2009/08/25

> Erreportajea: Identitateak > EL SEXO NO ES SOLO UNA Y

  • El sexo no es sólo una Y
  • Los cromosomas o genes no definen la identidad sexual de una persona. El caso de la corredora surafricana Caster Semenya muestra la dificultad de delimitar el género en casos límite
  • El País, 2009-08-25 # Carlos Arribas / Emilio de Benito
En 1980, una bala perdida en un atraco en Cleveland mató a Stella Walsh, que pasaba por allí. En la autopsia se descubrió que aunque viviera como mujer, tenía genitales masculinos. En 1932, sin embargo, nadie había dudado de su feminidad cuando, compitiendo con el equipo polaco, Walsh (nacida Stanilaswa Walasiewicz) se convirtió en la primera mujer que bajaba de los 12 segundos al ganar los 100 metros en los Juegos Olímpicos de Los Ángeles, ni tampoco en el Berlín de 1936, cuando ganó la plata. Nadie dudó y nunca fue sometida a un control de sexo. Se evitó la humillación pública y el trauma posterior. No sufrió lo que la india Santhi Soundarajar, desposeída de su medalla de los 800 metros de los Juegos Asiáticos de 2006 al comprobarse posteriormente que en realidad era hombre. Su primera reacción fue un intento de suicidio.

Seguramente, si Stella Walsh hubiera nacido más tarde no habría podido participar como mujer en ninguna competición deportiva, pues, entre 1967 y 1999, todas las mujeres, salvo una, que desearan participar en los Juegos Olímpicos debían someterse a un control de sexo. La excepción fue la princesa Ana de Inglaterra, a quien evitaron el trago por su sangre azul cuando participó como jinete en la hípica en los Juegos de Montreal 76. Todas las demás debieron someterse a un reconocimiento físico y a un análisis de ADN que detectaba si entre sus 23 parejas de cromosomas había alguna Y, señal de masculinidad: los hombres generalmente tienen en cada célula un cromosoma Y y uno X; y las mujeres, dos X. El objetivo era evitar sencillamente que hombres disfrazados de mujeres participaran en las pruebas femeninas, donde contarían con ventaja dada su mayor fuerza natural. Por eso, evidentemente, a los hombres no se les sometía rutinariamente a un control de sexo: no se podría entender que una mujer, siempre en desventaja, hiciera trampas para competir con los hombres. La primera víctima fue la polaca Ewa Klolukowska, plusmarquista mundial de los 100 metros en 1965, cazada por el test de cromosomas y obligada a retirarse en 1967.

Sin embargo, todo trato diferenciado conduce irremisiblemente a la discriminación, y por eso, y porque también se comprobó que no todo está en la Y, y que no por tener un cromosoma masculino se tenía ventaja en la competición, en 1999 el Comité Olímpico Internacional (COI) suprimió los controles de sexo. "Era completamente innecesario el humillante examen físico", explica Arne Ljungqvist, presidente de la Comisión Médica del COI, "además porque ya durante el control antidopaje se obliga a los deportistas a desnudarse completamente para estar seguros de que la orina que suministran procede efectivamente de su uréter. Evidentemente, un hombre disfrazado de mujer no pasaría esa prueba. Y los análisis nunca son concluyentes, siempre son injustos con atletas con alguna anomalía genética o que pertenecen al llamado género intersexual". Caster Semenya, la adolescente surafricana (tiene 18 años) por la que todo el revuelo se ha montado, ha pasado, efectivamente, controles antidopaje en Berlín.

Esta idea es la clave de un artículo publicado la semana pasada en la revista Nature con motivo del caso de Semenya. En él se recogía la opinión del experto en trastornos de crecimiento de la Universidad de Yale Myron Genel. Para la mayoría de la población, rige que una mujer tiene dos cromosomas X en el par 23, y un hombre tiene un par XY. Pero los científicos insisten en que "puede haber individuos con dos X que desarrollen caracteres masculinos, y otros con un X y un Y que nunca los tengan". Además, para acabar de enredar más la madeja, señalan que también hay personas que son XXY.

Y si en vez del análisis cromosómico se miden los niveles de hormonas tampoco se obtiene una diferenciación clara. "Algunos individuos XX tienen condiciones médicas que hacen que sus niveles de hormonas androgénicas [las masculinizantes, como la testosterona] sean elevados, lo que puede llevar a características como una mayor masa muscular", señala la revista. "Mientras que otras XY no se desarrollan como varones porque tienen un síndrome de insensibilidad androgénica", lo que implica que no responden a su propia testosterona.

Ya un editorial aparecido a principios de los años noventa del pasado siglo en JAMA, la revista de la asociación médica de Estados Unidos, atacaba los controles tradicionales por considerarlos discriminatorios y poco científicos. "No hay una línea clara entre sexo masculino y femenino", decía. "Que sea la persona la que elija". Este pensamiento lo ha seguido la Federación Internacional de Atletismo (IAAF) desde 1992, cuando abandonó, antes que el COI, los controles de sexo y fijó las líneas maestras para dirimir los casos controvertidos, siempre uno a uno cuando una duda razonable obligue a proceder a ello, siempre guiados por la discreción. Por eso concluyen que todas las personas que desde su infancia o prepubertad han sido consideradas legal y psicosocialmente mujeres deben poder participar en competiciones deportivas femeninas independientemente de lo que digan sus cromosomas. Aplicándolo a los transexuales, es la idea base de la ley de identidad de género que se aprobó en España en 2007: que cada persona decida con qué género se identifica y con cuál quiere vivir, independientemente de su físico.

De haber seguido estas guías, se hubiera evitado el caso de María José Martínez Patiño, actualmente catedrática del INEF de Pontevedra, a quien, en 1986 -tenía 24 años y era plusmarquista española de 60 metros vallas-, se le detectó un cromosoma Y en un control. La IAAF le retiró la licencia, aunque posteriormente se revisó su caso y se le devolvió la licencia al considerar que no tenía ninguna ventaja para competir. Pero Patiño se retiró después de sufrir graves crisis al ver cómo su intimidad se aireaba en los medios.

Caster Semenya, cuenta estos días su familia, indignada, en la prensa surafricana, siempre ha sido una niña. Ella se considera mujer, aunque dicen sus amigas que no le gustan los hombres, con los que lo único que hace es jugar al fútbol. En la escuela, dice su profesor, quien no se percató de que era chica hasta que cumplió 11 años, prefería vestir el uniforme de los chicos, los pantalones grises, en vez de la falda marrón de las chicas. Pero siempre ha vivido como mujer. Como mujer que se siente diferente, acostumbrada desde niña a las burlas y escarnios de los demás niños de su pueblo, en la remota provincia de Limpopo.

Los exámenes a los que se está sometiendo Semenya, a quien, para protegerla, han prohibido todo contacto con la prensa, pasan, primero, por determinar si tiene las características primarias de su sexo -vagina, ovarios-, y las secundarias -ausencia de pelo facial y pectoral, pechos funcionales-. Después pasan a analizar si fisiológicamente (sus hormonas) su organismo funciona como el de una mujer; posteriormente por el estudio de sus cromosomas y de su SRY, el gen de la masculinidad, y, finalmente, por un estudio psicológico, su identidad sexual.

Aunque todo esto puede ser un debate estéril en el caso de Semenya. Ayer, el Telegraph publicaba que la corredora presentaba niveles de testosterona tres veces superiores a lo normal, aunque no decía si la hormona era de origen natural. Si no lo era, ya no se trataría de un problema de identidad sexual, sino de dopaje. El periódico británico arrojaba una sombra de sospecha sobre la corredora al indicar que su entrenador era Ekkart Arbeit, antiguo responsable de atletas de la República Democrática Alemana (RDA) y a quien su ex pupila Heidi Krieger acusó de haberle dado tantos anabolizantes que había terminado por someterse a un proceso de reasignación de sexo para convertirse en Andreas Krieger.

La historia de los Juegos Olímpicos está plagada de las peripecias humanas y el sufrimiento de personas de sexo biológicamente poco claro expuestas, como objetos morbosos, a la curiosidad pública, pero quizás ninguna tan dolorosa como la de la checa Zdenka Koubkova, plusmarquista mundial de 800 metros -una distancia atractiva para la duda-, una hermafrodita que no superó un examen ginecológico en 1934. Se le prohibió competir con mujeres pero la humillación mayor la sufrió cuando unas fotos de su anomalía aparecieron ilustrando un libro de medicina. Criada como una niña, empezó a vivir desde entonces como un hombre, convirtiéndose en Zdenek Koubek.

Ninguna tan curiosa, sin embargo, como la del ciclista escocés Robert Millar, el rey de la montaña del Tour de 1984, quien compitió como hombre sintiéndose mujer. En 2003 cambió de sexo. Ahora se llama Philippa York. Claro que Philippa hizo el cambio de sexo cuando se retiró, y no intentó competir después como mujer.

El desgaste que supone esta situación lo sabe bien la golfista Mianne Bagger. La deportista nació en Dinamarca en 1966, pero biológicamente era un hombre. En 1995 se sometió a una operación de reasignación de sexo. En 1998, volvió al golf como amateur. Pero en 2003 pidió competir en los circuitos profesionales femeninos. Lo consiguió en 2004. El revuelo duró poco, porque se trata de un deporte no olímpico -todavía-, y, sobre todo, porque al final no era tan buena, y no supuso una amenaza para las mejores.

Independientemente de lo que haya resultado de los análisis realizados a Semenya, el argumento de la identidad, que es el que prevalece actualmente ahora a la hora de tratar las situaciones en que hay discusión por el sexo de una persona (que sea considerada como él o ella se sientan) no convence a todos. Sobre todo a quienes son derrotados en una competición importante. La italiana Elisa Cusma, que acabó sexta en la final de los 800 metros ganada por la surafricana, manifestó: "Sí, será mujer, o se sentirá mujer, pero yo sigo pensando que me ganó un hombre". También la española Mayte Martínez, que acabó séptima en esa carrera, entró al trapo en la polémica: "Si me ponen a Semenya y 10 hombres delante no sabría decir que ella es la mujer", dijo.

Este problema, el de la desigualdad que supone competir contra personas a las que una anomalía genética convierte en invencibles, es el que tratan de resolver las autoridades deportivas, aun olvidando que todos los grandes cracks deportivos, son, de una manera u otra, anomalías, seres diferentes del resto de los mortales, más rápidos, más flexibles, más altos, más musculosos, más fuertes, gracias a unos genes únicos.

Por eso, poner una frontera biológica no es, en general, nada fácil, y el argumento de las ventajas innatas es extremadamente peligroso. "No discriminamos a las mujeres muy altas [que lo son porque tienen una determinada configuración genética] y decimos que no pueden competir porque lo son. Ni discriminamos a los corredores que tienen una elevada prevalencia de fibras rápidas", dice Genel. Este último es el caso de los velocistas negros, por ejemplo, que según todos los estudios parten de una ventaja genética sobre los blancos sin que nadie -todavía- haya planteado hacer dos competiciones diferentes. ¿Cuál es la solución? Para Genel, está claro: "Si han nacido y crecido como mujeres y piensan en sí mismas como mujeres, yo diría que se les debe dejar competir como mujeres".

2009/07/04

> Erreportajea: Intersexualitatea > EL TERCER SEXO, RECONOCIDO SOCIALMENTE E INCLUSO POR LA LEY EN ALGUNOS PAISES

  • El tercer sexo, reconocido socialmente e incluso por la ley en algunos países
  • EFE, 2009-07-04 # Almudena Serpis
Gays, lesbianas, bisexuales y transexuales celebran hoy el día del orgullo gay, desconocedores en muchos casos de que en otras partes del mundo como en la India o Tailandia existe un tercer sexo, reconocido socialmente e incluso a veces por la ley.

El tercer sexo incluye a personas que no se consideran ni hombres ni mujeres, sino pertenecientes a un sexo intermedio.

"La homosexualidad es un paraguas muy grande bajo el cual se encuentran no uno, ni dos, sino tres sexos distintos", explicó a Efe Vijai R. Nair, vicepresidente de la organización india Udaan Trust que defiende los derechos del tercer sexo en Bombay.

En marzo de 2005 el tercer sexo fue añadido como categoría sexual en el registro de pasaportes de la India, al añadirse la categoría E, de Eunuco junto con la F (femenino) y M (masculino).

En la india los 'hijra' (palabra en urdu que significa hermafrodita) son hombres vestidos de mujer que se relacionan con otros hombres o con otros hijras. La tradición hijra tiene miles de años de antigüedad y está presente en los escritos sagrados de la religión hinduista.

Otro representante de Udaan Trust, Akshey Kumar, indicó a Efe que son una minoría social muy fácilmente identificable: "tienen un dialecto y costumbres propias en la que todos sus miembros son musulmanes, a pesar de que muchos se dedican a la prostitución o a la brujería para subsistir. Muchos de ellos están castrados: los eunucos".

Según anunciaba el jueves el Tribunal Superior de Nueva Delhi (TSD) la homosexualidad ya no está criminalizada en la India, un paso adelante para la integración del tercer sexo, más aceptado en países budistas como Tailandia.

Los Kathoey en Tailandia son biológicamente hombres, pero se consideran a sí mismos mujeres atrapadas en un cuerpo que no es el suyo.

La religión budista, basada en la tolerancia, hace posible que los Kathoey sean respetados en la sociedad tailandesa como un sexo a parte. Su transformación comienza en la niñez, antes de convertirse en adolescentes.

En Occidente, el concepto 'tercer sexo' está atribuido a la transexualidad, a un cambio de un género a otro (de masculino a femenino o viceversa).

"En sociedades más 'modernizadas' se impone una bipolaridad sexual que no existe. Pensamos que estamos más avanzados pero estamos demasiado condicionados al concebir el género como algo meramente biológico y no como algo social", afirmó a Efe Beatriz Espejo, fundadora del colectivo de transexuales de Cataluña.

Esta metamorfosis sexual intermedia que desafía las leyes del xx y el xy está latente en muchos otros lugares. En algunas regiones del sur de México existen los muxe (término proveniente de la palabra española mujer), personas nacidas con un sexo masculino que adquieren un aspecto de mujer y suelen emparejarse con otros hombres y formar familias.

"Al no tener una sexualidad definida, aquellos considerados como tercer sexo asumen el papel de madre, padre, esposa o esposo independientemente de su sexo biológico, a menudo alternando roles", precisa Vijay R. Nair

Muchos recurren a operaciones de cirugía estética, pero no con el deseo de cambiar de sexo a uno masculino o femenino, sino con la intención de manifestar físicamente una identidad definida por un sexo diferente.

El concepto del tercer sexo también aparece en la historia de la antigua Grecia a través del mito de Hermafrodito (hijo de Afrodita y Hermes) en el cual Salmacis, el espíritu de un lago, obsesionada con la belleza de Hermafrofito se abrazó a él y pidió a los dioses que los fusionaran a ambos, creando así un individuo de doble sexo.

En las poblaciones de indios amerindios de Estados Unidos, los berdache, o dos espíritus, afirman poseer el espíritu masculino y el femenino simultáneamente. En las culturas samoana, filipina y polinesia algunas familias educan a sus hijos para convertirlos en miembros del tercer sexo desde que son niños.

Así se demuestra que hay personas con poderes camaleónicos capaces de metamorfosearse y crear un sexo nuevo, libres de los estereotipos que definen muchas de las sociedades actuales.

Peter, un af'afafine -el tercer sexo samoano-, explica en un testamento que publica la Associación Affafine de Samoana (Samoa Faafafine Association) que su vida se asemeja a la de una mariposa: "empecé mi vida como una versión afeminada de un niño enfermo sólo para más tarde transformarme en un precioso af'fafine".

2009/01/26

> Berria: Intersex > UNA ASOCIACION DE INTERSEXUALES PIDE A LA ONU QUE LE RECONOZCAN SUS DERECHOS

  • Una asociación de intersexuales pide a la ONU que le reconozca sus derechos
  • EFE, 2009-01-26 # Ginebra
La Asociación de Personas Intersexuales (hermafroditas) ha pedido hoy ante la sede de la ONU en Ginebra (Suiza) que les sean reconocidos sus derechos a la integridad corporal y a la dignidad humana.

La manifestación fue únicamente secundada por una decena de personas.

La presidenta de la Asociación, Daniela Truffer, ha explicado en declaraciones a Efe que los niños intersexuales son sometidos a operaciones de genitales antes de cumplir dos años, una práctica que, a su entender, atenta contra los derechos humanos, ya que se realiza sin su consentimiento.

Truffer explicó que esa operación puede marcar a los niños para siempre, condenándoles a vivir con el sexo equivocado o a sufrir fuertes dolores crónicos.

Posteriormente, a la manifestación, la asociación ha presentado un informe a la Convención de Naciones Unidas para la Eliminación de la Discriminación de la Mujer (CEDAW) en el que se solicita que no se permitan las operaciones sin consentimiento de las persona implicada.

Según la Asociación, el principal problema que afrontan los padres de los niños hermafroditas es la desinformación, dado que creen estar en la obligación de elegir su sexo por ellos, por lo que someten a los menores a operaciones de genitales, a pesar de encontrarse en perfecto estado de salud, una práctica que Truffer ha comparado con la circuncisión.

Además, estas operaciones pueden causar dolores de por vida, pérdida de la sensibilidad de la zona genital y otros problemas que obligaran a la persona que los padezca a acudir al médico con más frecuencia de la habitual.

Por eso, la presidenta ha defendido que, en lugar de operar a sus hijos, los padres deberían enseñarles que son diferentes del resto y esperar a que tomen una decisión por ellos mismos, que puede ser la de operarse para mantener uno sólo de los dos aparatos reproductivos, o descartar pasar por el quirófano.

Para que los padres sepan cómo encarar el problema una vez que se les presente, Truffer ha señalado que los hospitales deberían contar con un protocolo de actuación para este tipo de casos, donde un médico o un psicólogo especializado pueda exponerle a los progenitores la situación y las posibles soluciones que pueden adoptar, así como los riesgos que llevan aparejados.

2009/01/22

> Berria: Intersex > DANIELA TRUFFER: "JE ME SENS NI HOMME NI FEMME"

  • Daniela Truffer : «Je me sens ni homme ni femme»
  • Ils seraient 35000 hermaphrodites en Suisse. Ils manifestent lundi à Genève
  • Le Mattin Bleu, 2009-01-22 # Muriel Jarp
L'enfance de Daniela Truffer a été étouffée par un lourd secret et rythmée par d'incessantes visites chez le médecin. Aujourd'hui, elle sort de son silence et parle au nom de tous ceux «à qui la société refuse l'existence»: les hermaphrodites. «J'étais bébé lorsque les médecins ont décidé que je serai une fille», poursuit la Zurichoise de 43 ans, née avec des organes génitaux non définis. «Mais j'aurais aimé qu'on me laisse le choix. J'ai toujours su que mon sexe n'était pas normal.» Aujourd'hui encore, Daniela Truffer ne se sent ni homme ni femme.

Une vie de souffrances psychiques - «Personne ne m'expliquait ce que j'avais, je me sentais comme un monstre.» - mais aussi physiques, conséquence des coups de scalpel et des hormones «qui détruisent le corps». Après 35 années de silence et de solitude, Daniela Truffer a enfin découvert grâce à Internet qu'elle n'était pas seule: près d'un individu sur 2000 naîtrait hermaphrodite. Présidente de l'Association des personnes intersexuées, elle sera dimanche soir à la Maison des associations de Genève avant de manifester à la place des Nations: «Je souhaite que nous puissions décider de notre identité.» Homme, femme... ou rester hermaphrodite.